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El escritor Andrés Gastey nos lleva con Gutiérrez a 1986


1986 es el año de… mi mili (que era como llamábamos al servicio militar, ¿recordáis?). También el de la segunda mayoría absoluta del PSOE. 1986 es además el año en el que transcurre la tercera novela escrita por alguien que escribe bajo el seudónimo de Andrés Gastey:
Gutiérrez y las almas muertas. Tiempos de “aquel espasmo intrascendente que dio en llamarse movida madrileña”, a decir de uno de los personajes-narradores de este libro casi hilarante, a menudo sencillamente divertidísimo: de la estirpe de los de las correrías de aquel personaje fabuloso del (primer) gran Eduardo Mendoza.

Gutiérrez y las almas muertas fue publicada por la editorial La Discreta en 2018 y es la tercera entrega de una serie protagonizada por ese tal Gutiérrez, después de Gutiérrez se presenta, aparecida diecisiete años antes, y Gutiérrez y el Imperio del Mal, de 2006. La cuarta de ellas, Punto final para Gutiérrez, es un año posterior a esta de la que quiero hablarte brevemente.

En Gutiérrez y las almas muertas asistimos a las simplonas y brevemente enjundiosas andanzas de un policía peculiar. Peculiar, como han de serlo los policías que protagonizan las novelas negras, policiacas: el tal Gutiérrez. Y es su contexto histórico el que le da a la novela de Gastey una plenitud que atrapa a lectores agradecidos como yo.


“Lo importante para ETA no es quiénes sean los muertos, sino el espacio de publicidad que gana para lo suyo cargándose a quien se ponga por delante, lo mismo da un militar que un torero. […] Yo creo que la ETA mata para subsistir, es algo montado para matar y si dejase de matar desaparecería”.

Quien así habla es uno de los personajes de Gutiérrez y las almas muertas. Porque, ya digo, lo que más me ha interesado de ella es su momento histórico, sin menospreciar ese aire sandunguero (mendocino, ya digo) que se gasta Gastey. Un Gastey que, por cierto, se equivoca al hacer una gracia (de las que pueblan con gusto literario su libro): “aquel verano en cuyo transcurso nos hicieron saber que en las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol”. Ese parafraseo de una de las espléndidas canciones de Radio Futura, Escuela de calor, venía con retraso, porque el verano de aquella escuela de calor que nos hizo saber lo de que en las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol… fue el de 1984. No este de 1986. El año de mi mili. 


“En aquella época todavía estaban actuando los GAL, herederos del ATE, BVE y otras monstruosidades provenientes de las cavernas de un franquismo, policial y ético, apenas reciclado”.

El tal Gutiérrez (¿existe la justicia cósmica?) dice de sí mismo esto:

 

“Mis cualidades físicas siempre han sido objeto de un general y justificado escepticismo. Éste alcanzó su punto culminante en la academia, dónde el hijoputa del instructor, Bustos, me había escarnecidos sin compasión y distinguido con el sobrenombre de bola de sebo, que aún pesaba sobre mí como un sambenito”.

 

1986, por cierto, también fue el año del segundo Mundial futbolístico celebrado en México… Pero de Butragueño (él también sale en esta tercera de Gutiérrez: “el Buitre rubio había planeado cuatro veces sobre el área de los daneses”) ya hablaremos en otro momento.

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