En mi mocedad no solo leí a Torcuato Luca de Tena, también, y entre otros escritores, al sacerdote jesuita José Luis Martín Vigil.
Yo era adolescente,
como los personajes de sus novelas. Me gustaba jugar al fútbol, dar vueltas con
la bici. Ya empezaba a fugarme de clases (ese hábito lo empecé en octavo de
EGB), cuánto más pensaba en las mozas del pueblo menos pensaban ellas en mí... hasta
que con quince años me dio por pisar los bares.
Los amigos íbamos a
beber a los sitios más baratos. Chatos de vino en el mesón Emérita, en lo que
ahora es el bar 2002 o en el bar Sol, donde con tres chatos o tres cañas y sus
correspondientes platillos de pestorejo íbamos comidos para casa. Litronas de
Skol en el Mirador, botellines de Águila por el mediodía o litros de Larios con
cola por la noche en el bar Juan o en el Pablo.
Nada de eso se contaba
en las novelas de Martín Vigil, en ellas se hablaba de camaradería, pero yo
notaba que les faltaba algo. No conocía la sutil censura franquista que
condicionaba la literatura. No hablo de adoctrinar porque no tenía ni idea de
tal asunto.
Y claro, en casa,
mientras mis padres pensaban que estaba estudiando, yo leía. Leía un poco a
escondidas a Vizcaíno Casas a Martín-Vigil y aunque éste hablara de curas
comunistas, siempre tenía la sensación de que hablaba de curas.
Y bastantes movidas
había tenido yo con los curas con tanto rezar a María (en mayo) en el colegio
San José de Josefina Cerro o con "don" Abdón, que había intentado
convencerme para entrar en el Opus cuando yo andaba por octavo de EGB y ya
estaba un poco resabiado. Era tanta la obsesión religiosa en el colegio al que
iba en los años setenta del siglo pasado que, en la mayoría de la gente que
conocí, algunos aun siendo de fe inquebrantable, la acción-reacción hizo que
pasaran del tema. Pero eso es otro asunto.
Las de Martín Vigil
eran historias de adolescentes, de chavales y chavalas que despertaban a la
vida. Me acuerdo de Primer amor, primer dolor, de Cierto olor a
podrido, que era la historia de un adolescente problemático (uno solo), y
de una novela en la que unos cuántos adolescentes, por lo menos ocho o nueve,
se juntaban en un barco o en algún sitio y les pasaban cosas. No recuerdo su
título. Han pasado ya más de cuarenta años.
Sí recuerdo que las
novelas de Martín Vigil tenían mucho diálogo, eran un poco ñoñas -en el Barrio
hacíamos trastadas mucho peores que las que se contaban en esos libros- aunque
hablaran de drogas, de la cárcel o de trabajar en una mina. Y sí, yo las leía
una detrás de otra, o bien porque me las dejaba mi amigo A o porque las sacaba
de la biblioteca, cuando la biblioteca estaba en el edificio de la UNED en la
calle Moreno de Vargas.
Ni que decir tiene que
yo leía todo lo que caía en mis manos. Todo. Indiscriminadamente. Daba igual
que fuera una novela de Martín Vigil, de Luca de Tena o de Vizcaíno Casas, que
el reglamento de fútbol de Pedro Escartín, las novelas de Marcial Lafuente
Estefanía o el diccionario enciclopédico Larousse.
Luego, con los años,
sobre todo a raíz de que Martín Vigil falleciera en febrero de 2011,
olvidado en una residencia de ancianos de Alcobendas, me enteré de su
biografía. Había combatido en Extremadura en el bando vencedor en la Guerra Civil.
No significaba nada, pero a mi abuelo paterno lo habían matado en esa misma
guerra y aunque yo no era "rencoroso", algo quedó.
Lo habían “echado” del
sacerdocio, a Martín Vigil, por su condición de homosexual, aunque más que por
ello, por su “asedio a los jovencitos”, que era una manera muy fina de decir que
lo denunciaron (eso leí) por pederasta. Y claro, ese es un asunto más serio, por
eso quizás ya no se hable de José Luis Martín Vigil, ni se lean sus novelas ni
lo ponga nadie de ejemplo de nada, ni siquiera de lo que no hay que hacer ni
ética, ni física ni moralmente.
Quede el recuerdo de
lo que fui, de lo que fuimos.

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