Ir al contenido principal

Martín Vigil y el recuerdo de lo que fui, de lo que fuimos; POR Guillermo Jiménez


En mi mocedad no solo leí a Torcuato Luca de Tena, también, y entre otros escritores, al sacerdote jesuita José Luis Martín Vigil.

Yo era adolescente, como los personajes de sus novelas. Me gustaba jugar al fútbol, dar vueltas con la bici. Ya empezaba a fugarme de clases (ese hábito lo empecé en octavo de EGB), cuánto más pensaba en las mozas del pueblo menos pensaban ellas en mí... hasta que con quince años me dio por pisar los bares.

Los amigos íbamos a beber a los sitios más baratos. Chatos de vino en el mesón Emérita, en lo que ahora es el bar 2002 o en el bar Sol, donde con tres chatos o tres cañas y sus correspondientes platillos de pestorejo íbamos comidos para casa. Litronas de Skol en el Mirador, botellines de Águila por el mediodía o litros de Larios con cola por la noche en el bar Juan o en el Pablo.

Nada de eso se contaba en las novelas de Martín Vigil, en ellas se hablaba de camaradería, pero yo notaba que les faltaba algo. No conocía la sutil censura franquista que condicionaba la literatura. No hablo de adoctrinar porque no tenía ni idea de tal asunto.

Y claro, en casa, mientras mis padres pensaban que estaba estudiando, yo leía. Leía un poco a escondidas a Vizcaíno Casas a Martín-Vigil y aunque éste hablara de curas comunistas, siempre tenía la sensación de que hablaba de curas.

Y bastantes movidas había tenido yo con los curas con tanto rezar a María (en mayo) en el colegio San José de Josefina Cerro o con "don" Abdón, que había intentado convencerme para entrar en el Opus cuando yo andaba por octavo de EGB y ya estaba un poco resabiado. Era tanta la obsesión religiosa en el colegio al que iba en los años setenta del siglo pasado que, en la mayoría de la gente que conocí, algunos aun siendo de fe inquebrantable, la acción-reacción hizo que pasaran del tema. Pero eso es otro asunto.

Las de Martín Vigil eran historias de adolescentes, de chavales y chavalas que despertaban a la vida. Me acuerdo de Primer amor, primer dolor, de Cierto olor a podrido, que era la historia de un adolescente problemático (uno solo), y de una novela en la que unos cuántos adolescentes, por lo menos ocho o nueve, se juntaban en un barco o en algún sitio y les pasaban cosas. No recuerdo su título. Han pasado ya más de cuarenta años.

Sí recuerdo que las novelas de Martín Vigil tenían mucho diálogo, eran un poco ñoñas -en el Barrio hacíamos trastadas mucho peores que las que se contaban en esos libros- aunque hablaran de drogas, de la cárcel o de trabajar en una mina. Y sí, yo las leía una detrás de otra, o bien porque me las dejaba mi amigo A o porque las sacaba de la biblioteca, cuando la biblioteca estaba en el edificio de la UNED en la calle Moreno de Vargas.

Ni que decir tiene que yo leía todo lo que caía en mis manos. Todo. Indiscriminadamente. Daba igual que fuera una novela de Martín Vigil, de Luca de Tena o de Vizcaíno Casas, que el reglamento de fútbol de Pedro Escartín, las novelas de Marcial Lafuente Estefanía o el diccionario enciclopédico Larousse.

Luego, con los años, sobre todo a raíz de que Martín Vigil falleciera en febrero de 2011, olvidado en una residencia de ancianos de Alcobendas, me enteré de su biografía. Había combatido en Extremadura en el bando vencedor en la Guerra Civil. No significaba nada, pero a mi abuelo paterno lo habían matado en esa misma guerra y aunque yo no era "rencoroso", algo quedó.

Lo habían “echado” del sacerdocio, a Martín Vigil, por su condición de homosexual, aunque más que por ello, por su “asedio a los jovencitos”, que era una manera muy fina de decir que lo denunciaron (eso leí) por pederasta. Y claro, ese es un asunto más serio, por eso quizás ya no se hable de José Luis Martín Vigil, ni se lean sus novelas ni lo ponga nadie de ejemplo de nada, ni siquiera de lo que no hay que hacer ni ética, ni física ni moralmente.

Quede el recuerdo de lo que fui, de lo que fuimos.

Comentarios

Grandes éxitos de Insurrección

You Can't Always Get What You Want, de The Rolling Stones; LA CANCIÓN DEL MES

Romería, ese extraordinario baile sobre la tumba paterna de Carla Simón

Mucha fe en Poquita fe (2)