Me encanta leer a las personas que escriben en los periódicos, o como se llamen hoy, que escriben regañándonos a todos, a ellos mismos también. ¿Cómo hemos permitido que el mundo llegue a ser la piltrafa moral que es hoy? Esos periodistas. En realidad, no me encanta, me encocora, me deprime, me exalta, me harta, me hace sentir culpable de haber participado de una sociedad que se ve a sí misma como la peor posible. Sí, he escrito encocora. ¿Qué te creías, que sólo iba a haber primeros espadas entre los escombros del relato del trauma derrotista y lamentablemente hecho de lamentos?
Pero ocurre que en verdad
también los primeros espadas cantan en qué año murió el mundo. Nos cuentan
el dolor exacto y cierto de otra ciudad más para la ignominia auténtica de los
humanos, una ciudad con nombre de mujer ya unida para siempre al horror. Mariupol.
Mariupol, la mal cercada. El Apocalipsis ahora mismo.
Un primer espada siempre sabe
de qué habla, donde está pinado, a qué dedica el tiempo libre, cuántas son dos
y dos, para qué sirve el caos. Los hay, ya digo, apegados al ensimismamiento
derrotista que tiene a la felicidad por un invento de memos, y los hay diestros
en el difícil arte de vislumbrar, entender, explicar y ayudar a corregir. Estos
últimos son los menos. Los menos. No los memos. Quizás los memos sean los
otros, los que escriben libros para enaltecer lo bien que se vive donde no vive
casi nadie o los que cantan canciones para recordar que las barricadas siempre
son una buena opción cada vez que recordamos que la decencia no es lo más
habitual.
Uno empieza a escribir con la
intención de escribir un cuento y lo que acaba por escribir es la clásica ingenuidad
que a los demás les publican en los periódicos. O como se llamen hoy.
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