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No siempre hubo muerte


No siempre hubo muerte.

 

Sonaban inútiles los desplazamientos de escaleras mecánicas

en los subterráneos vericuetos de la ciudad dormida.

Y ya había muerte.

 

Se deslizaban fenómenos celestes por el Universo rasgado

sin emitir sonido alguno, como taciturnas balas.

Cuando no había muerte.

 

Desprendían herrumbre los árboles carbonizados

en la novela americana y en la realidad soviética.

Y la muerte era toda nuestra.

 

Los planetas vencían a la nada con una lentitud de insecto,

eran sísmica cadencia, sólo un abandonado resorte.

Donde la muerte no existía.

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