Acabo de ver a mi padre paseando cerca de mi calle. A mi padre muerto. No es la primera vez.
Tal vez lo que yo pretenda viendo a menudo a mi padre caminando por
mi barrio, a mi padre muerto, es que ese señor, esos distintos caballeros, esos
hombres ya ancianos que casi en nada se parecen a mi padre cuando estaba vivo
quieran ser mi padre. Sí, eso por encima de cualquier otra cosa. Lo prefiero a
que alguno de ellos sea realmente mi padre. Porque mi padre está muerto. Y la
realidad no hace lo que deseamos casi nunca. De hecho, la realidad se suele
enfadar bastante cuando soñamos lo que ya únicamente puede reposar en la
eternidad inerte del futuro fallecido.
Pero me gusta ver a mi padre de vez en cuando, aunque sólo sea un viejo bien peinado que viste una camisa con su bolsillo repleto, un abuelo que no pretenda del todo querer ser en verdad mi padre muerto. Mi padre muerto y sin enterrar.

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