En 2015, el cineasta y novelista español David Trueba publicó su cuarta novela, Blitz, y yo me dispuse a leerla tras mi gratísima experiencia con su Saber perder de siete años antes (e incluso con su divertido estreno literario en 1995, Abierto toda la noche), pero… hasta hace unos días no lo he hecho. Entre tanto, he visto más películas suyas y leí en 2017 su extraordinaria novela Tierra de campos. ¿Por qué tardé seis años en leer Blitz? Porque cometí el error de hacerle demasiado caso a algunas críticas que la denostaban haciéndome creer que es una obra menor. Como si una obra menor (sobre todo las literarias) de David Trueba fuera tan poca cosa como para negarse uno el gozo de leerla.
Blitz, lo escribo ya, es una buena novela. Breve y hermosa.
Reducidamente conmovedora, literariamente perfecta.
“El
sentimentalismo es egoísta, es un nacionalismo del yo que siempre te hace más víctima,
más perjudicado, más importante que cualquiera”.
Es una novela sobre la hermosa solemnidad del amor:
“Era mejor que
el amor se quebrara en su esplendor, demasiado riesgo someterlo al paso del
tiempo. O no, qué estupidez. ¿Quién conoce la verdad? ¿A quién le importa la
verdad? Esa verdad que sucederá lo quieras o no, si lo hermoso es tan solo
caminar hacia ella, despacio”.
El amor en nuestros días de las cosas pequeñas y los problemas enormes:
“La sociedad
avanzaba de zancada en zancada, incapaz de resolver los problemas esenciales,
ni tan siquiera los básicos. Ni los que tenían que ver con el carácter humano y
sus carencias. Pero sin embargo resolvía batallitas ordinarias de manera higiénica
y precisa, con el acabado hermoso de esas cafeteras o exprimidores de naranjas.”
Quizás, como leo en esta novela de David Trueba, el sentido de la vida sea “seguir
el sentido de la vida”. Y dejarse mecer por los relámpagos, los blitz
que finalmente son el vivir.


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