Donna Leon es una escritora estadounidense que durante muchos años, desde 1981 hasta 2017, vivió en Venecia, y ya siendo joven había estudiado en varias ciudades italianas.
La novela Muerte en La Fenice (cuyo título original es Death
at La Fenice, pues Leon escribe en inglés e incluso ha impedido que sus
novelas se traduzcan al italiano para no verse atrapada por un exceso de fama
que la impidiera seguir siendo una ciudadana anónima mientras residía en
Italia) apareció en 1992 y, tras la traducción de Ana María de la Fuente al
español, fue publicada en mi idioma cuatro años después por vez primera.
Muerte en La
Fenice es la primera de las novelas de la conocida como serie Brunetti.
Hasta la fecha, Leon ha escrito 28 más.
Yo había
decidido conocer las novelas de Leon sobre el commissario de policía
veneciano Guido Brunetti porque Marga Barrio me las había recomendado. Como
suele pasar con la novela negra (con la novela policiaca, por llamarla de otra
manera que a veces no es la misma), mi mujer es la que pilota y yo el que luego
gracias a ella viaja a través de mucha de la magnífica literatura que sale de
ese género cuando quienes lo escriben no son unos meros recreadores de palabras
llenos de trucos aprendidos. Mal aprendidos.
Pero Donna
Leon carece de trucos y dónde o cómo ha aprendido a escribir me trae al pairo
porque con disfrutar de la inmensa calidad de su simple literatura majestuosa
me basta.
Sí, he
disfrutado de este primer contacto con Brunetti: Muerte en La Fenice es
una novela magnífica. Con su peso exacto y su cabal duración. Entretenimiento y
admiración de la belleza literaria: ¿qué más se le puede pedir a un libro?
“Como era Venencia, la policía llegó en
barco”.
Estamos de inmediato en Venecia, y pronto conocemos al comisario Brunetti (del que sabemos enseguida que acaba de regresar a su Venecia “después de estar cinco años en Nápoles” y que lleva ya quince años en el cuerpo):
“Era un hombre de aspecto extraordinariamente
pulcro: el nudo de la corbata, impecable, el pelo, más corto de lo que dictaba
la moda; hasta las orejas las tenía aplastadas contra la cabeza, como si
quisieran pasar inadvertidas. Su indumentaria era típicamente italiana. Su
acento pregonaba al veneciano. Sus ojos eran todo policía”.
En Muerte
en La Fenice, asistimos a la presentación en toda regla de lo que
efectivamente ha sido, está siendo, una de las series del género más
reconocidas por los amantes de la buena literatura (sea esta la que sea).
Personajes, un lugar mundialmente famoso (la “provinciana y dormilona” Venecia
“que, después de las nueve o las diez de la noche, prácticamente dejaba de
existir”), el ámbito puramente negro, ese análisis social sutil tan
propio de las buenas novelas policiacas…
“Brunetti pensó en la extraña
similitud que había entre su trabajo y el de un médico. Ambos coincidían al
lado de los cadáveres y ambos hacían la misma pregunta: ‘¿Por qué?’ Pero,
cuando encontraban la respuesta, sus caminos se separaban: el médico retrocedía
en el tiempo, en busca de la causa física y él se movía hacia adelante, en
busca del responsable”.
Brunetti
(un enamorado de las bussolai, las rosquillas saladas venecianas) creía
saber gracias a su experiencia “que la gente suele matar por dos motivos: dinero
y sexo. No importaba el orden, y con frecuencia a lo último se le llamaba amor”.
Era aquella una regla con pocas excepciones.
Y,
siempre, la hermosísima Venecia (y su plano “que cada veneciano tiene impreso
en la mente”) como una deslumbrante coprotagonista:
“Para Brunetti, anochecida, era
cuando más bella estaba la ciudad, las horas en las que él, veneciano hasta la
médula, podía vislumbrar vestigios de la gloria de antaño. La noche ocultaba el
musgo que cubría las escalinatas de los palazzi del Gran Canal, tapaba
las grietas de las iglesias y disimulaba los desconchados de la yesería de las
fachadas de los edificios públicos. Al igual que muchas mujeres de cierta edad,
la ciudad necesitaba de la penumbra para aparentar la belleza perdida”.
Una provinciana
Venecia (“donde se rendía culto al chismorreo”) que ya en aquellos años de esta
primera novela de Brunetti se veía abocada a lo que ya hoy sin duda es:
“Los comerciantes de la ciudad
preferían satisfacer los deseos de los transeúntes antes que las necesidades de
sus habitantes. Se preguntó cuánto faltaría para que toda la ciudad se
convirtiera en una especie de museo viviente, un lugar apto sólo para ser
visitado y no para ser habitado”.
Sí, todo
ello en aquella “ciudad en la que no había secretos”, en medio de “la perpetua
batalla de los venecianos contra las fuerzas inexorables del tiempo, el agua y
la contaminación”. En Venecia y su “velo de humo verdoso que, poco a poco,
convertía el mármol en merengue”. Venecia, “la ciudad más bella del mundo”.
Brunetti y
su hogar, con su calor y con esa “grata mezcla de olores”, con su ambiente que,
de un modo que el policía no sabría explicar, “sugería una cordura que
neutralizaba la diaria dosis de locura que conllevaba su trabajo”.
Su esposa,
Paola —quien, pese a la insistencia de Brunetti en que no lo hiciera, “se
obstinaba en elegir a un sospechoso al principio de cada investigación” sin
acertar nunca, “porque siempre optaba por la elección más obvia”—, profesora
universitaria con la que lleva diecisiete años casado, es retratada también en
esta primera novela de la serie:
“Paola tenía la tez clara y el pelo
cobrizo que se ve en muchos retratos de las venecianas del siglo XVII. No era
una belleza según los cánones; tenía la nariz un poco larga y el mentón más que
un poco enérgico. Pero a él le gustaban las dos cosas.”
Más
personajes de la serie que son dados a conocer en Muerte en La Fenice:
el superior inmediato de Guido Brunetti, el vicequestore siciliano
Giuseppe Patta (hilarante pese a su petulancia) tras veinte años de carrera en
la policía italiana, tan poco veneciano; los suegros de Brunetti, a quiénes
éste ni adoraba ni detestaba, los condes de Falier (de su suegro, Brunetti
llega a decir que aunque ambos parecían trabajar con el mismo tipo de personas,
“a él, por lo menos, le cabía el consuelo de arrestarlas, mientras que el conde
se veía en la obligación de invitarlas a cenar”); los hijos de Guido y Paola,
la muy inteligente, “alta y desmañada” Chiara, de trece años, y Raffaele, de
quince años, tan parecido a Brunetti; o los bastante simples policías
del equipo de Brunetti, el fornido Alvise y el pelirrojo Riverre.
Brunetti, un comisario para quien su cometido es descubrir a los culpables de delitos y que considera que el castigo de los mismos es algo que le trae sin cuidado. Brunetti, de quien seguiré sabiendo, porque pienso leerme todas las novelas que pueda de esta serie a todas luces excelente. A juzgar por Muerte en La Fenice.


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