Os recuerdo cuando olvidabais Escocia, bailabais en la Morasol, construíais sonidos inteligentes para discotecas modernas y pareciera que el futuro hubiera llegado demasiado pronto; aunque ahora sólo seáis, nada más y nada menos, un grupo fajado, con cuajo de tiempo, ya no espacial, tampoco especial, sencillamente profesional, a tono con el pequeño presente.
Sois para mí como un viaje monumental, juvenil y culto por la Europa envejecida, pura electricidad electrónica posterior al punk, anterior a esto de ahora en lo que la música surca toda una red de ordenadores conectados sin ton ni son.
Jim Kerr y Charlie Burchill, desde 1977 sois mis simple minds. No olvido los teclados de Michael MacNeil, el bajo de Derek Forbes (¡qué bajo!), la batería de Brian McGee y la de Mel Gaynor. No me olvido de vosotros.
Hijos y fascinación: ahí os descubrí. Antes aquellos imperios y bailes, la cacofonía de la vida en un solo día. Y, después, New gold dream, Sparkle in the rain… Érase una vez una grandiosa expresión sonora moldeada por el ritmo de nuestros descendientes, aquellos herederos del luminoso desplazamiento a través de las sombras de las cavernas, las sombras de las salas de baile, las sombras de la oscuridad. Y, mientras, Mandela salió de su prisión (quizás bailando una de vuestras canciones inolvidables).
Lo que nunca olvido es la primera vez que me dejé estremecer por la
palpitante tensión de un tiempo inalcanzable, de un espacio sublime, que suena cuando suena Love song. Corazón de acero, una y otra vez, una y otra vez, en los días de
gloria, y sigue, y sigue, y sigue… En los días de gloria que vienen y van. Una
canción de amor entre dos continentes: Europa y América. Cinco minutos en el
verano de 1981. Yo os vi en abril, tres años después.


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