En estos días de Covid-19 he leído mucho. Tampoco es una
novedad. Leo desde que me conozco. Desde mucho antes de febrero de 2020.
En alguna etapa de mi vida solo hacía tres cosas: leer, beber
o hacer deporte. Y a veces, si estaba bebiendo una cerveza en el bar con
los amigos o jugando a fútbol sala en la cancha de fuera del Polideportivo de
la Paz, me encontraba incómodo, inquieto, estaba claro que era porque, aunque
lo pasaba bien con los amigos, con la gente, me faltaba algo. Un libro.
En años de colegio o de Instituto, en vez de estudiar, me
encerraba en el cuarto del fondo de la casa de mis padres para leer. Me daban
igual las notas, los profesores, la gente, que mi madre me dijera que estudiara
y no perdiera el tiempo. Me daba todo igual. Yo leía. Y escribía. Pero
primero leía.
No era un incomprendido ni me molestaba que me dijeran que era
un inútil, que no sería nada en la vida, que no tenía ambiciones o que era de
inteligencia límite. Que de todo ello escuché sin que me afectara lo más
mínimo. Qué importancia podía tener todo eso si yo hacía lo que me gustaba:
leer. Es más, ni me molestaba en argumentar cualquier excusa para defenderme. Yo
leía. No podía perder el tiempo en historias que no aportaban nada.
Había épocas en las que, harto de todo, decía que sería
periodista de investigación y me largaría por ahí a dar vueltas al mundo. O me
pondría a trabajar, aunque fuera gratis, de lector en alguna editorial. Luego
se me pasaba y seguía leyendo.
En un curso de escritura creativa que hice, algún profesor me
dijo que si de mayor no me convertía en escritor sería porque me gustaba más
leer que escribir.
Y he leído de todo en esta vida. Desde diccionarios
enciclopédicos hasta novelas de Silver Kane o de Corín Tellado o libros de poema
de Gloria Fuertes, pasando por Asimov, Henry Miller, Fante, Bolaños,
Chandler, Juan Marsé, Ana María Matute, Patrick Suskind, Arto
Paasilinna, Oriana Fallaci, William Faulkner, Ramón J. Sender, Enrique
de Hériz. Eric Vuillard, Gogol, Chejov, Bukowski, Margarer Mitchell, Medardo
Fraile y hasta Ken Follet, Agatha Christie, Guillermo Fesser o Thomas
Pynchon, César Aira, Mario Levrero, Osvaldo Lamborghini y cientos de
nombres más, muchos de ellos ya olvidados. Y siempre sin control. Cualquier
libro que caiga en mis manos me llama la atención. Es como un tesoro por
descubrir. Seguro estoy de sacar provecho de sus virtudes o defectos.
El único mérito que tiene para mí leer, haber leído, seguir
leyendo y por supuesto, releer, es que al menos he hecho y hago lo que me
gusta, supongo que para provecho mío y de los que me rodean, porque creo que
leer cambia (a mejor) a las personas. Ayuda a ver la vida de otra manera. A
entender la posición del otro. O al menos a intentarlo. Por muy difícil que
esto parezca. Además, yo creo que leyendo molesto poco. Es una actividad
poco ruidosa y no necesita mucho espacio. Al que le gusta leer, se arrincona en
cualquier sitio y se puede pasar horas y horas sin despegarse de las páginas
del libro.
Con estos días de recogimiento forzoso, obligado y necesario o
como se quieran llamar he leído bastante, pero tampoco mucho más que otros
días. Lo digo no como si fuera un mérito sino como necesidad.
Y sí, tiene que ser importante leer porque después de tantos
años sigue sin molestarme que me dijeran que era un inútil, que no sería nada
en la vida, que no tenía ambiciones o que era de inteligencia límite. Es más,
incluso creo que ya no me lo dicen. Eso va a ser por culpa de la lectura.
Seguro.

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