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Leo desde que me conozco; por Guillermo Jiménez

En estos días de Covid-19 he leído mucho. Tampoco es una novedad. Leo desde que me conozco. Desde mucho antes de febrero de 2020.

En alguna etapa de mi vida solo hacía tres cosas: leer, beber o hacer deporte. Y a veces, si estaba bebiendo una cerveza en el bar con los amigos o jugando a fútbol sala en la cancha de fuera del Polideportivo de la Paz, me encontraba incómodo, inquieto, estaba claro que era porque, aunque lo pasaba bien con los amigos, con la gente, me faltaba algo. Un libro.

En años de colegio o de Instituto, en vez de estudiar, me encerraba en el cuarto del fondo de la casa de mis padres para leer. Me daban igual las notas, los profesores, la gente, que mi madre me dijera que estudiara y no perdiera el tiempo. Me daba todo igual. Yo leía. Y escribía. Pero primero leía.

No era un incomprendido ni me molestaba que me dijeran que era un inútil, que no sería nada en la vida, que no tenía ambiciones o que era de inteligencia límite. Que de todo ello escuché sin que me afectara lo más mínimo. Qué importancia podía tener todo eso si yo hacía lo que me gustaba: leer. Es más, ni me molestaba en argumentar cualquier excusa para defenderme. Yo leía. No podía perder el tiempo en historias que no aportaban nada.

Había épocas en las que, harto de todo, decía que sería periodista de investigación y me largaría por ahí a dar vueltas al mundo. O me pondría a trabajar, aunque fuera gratis, de lector en alguna editorial. Luego se me pasaba y seguía leyendo.

En un curso de escritura creativa que hice, algún profesor me dijo que si de mayor no me convertía en escritor sería porque me gustaba más leer que escribir.

Y he leído de todo en esta vida. Desde diccionarios enciclopédicos hasta novelas de Silver Kane o de Corín Tellado o libros de poema de Gloria Fuertes, pasando por Asimov, Henry Miller, Fante, Bolaños, Chandler, Juan Marsé, Ana María Matute, Patrick Suskind, Arto Paasilinna, Oriana Fallaci, William Faulkner, Ramón J. Sender, Enrique de Hériz. Eric Vuillard, Gogol, Chejov, Bukowski, Margarer Mitchell, Medardo Fraile y hasta Ken Follet, Agatha Christie, Guillermo Fesser o Thomas Pynchon, César Aira, Mario Levrero, Osvaldo Lamborghini y cientos de nombres más, muchos de ellos ya olvidados. Y siempre sin control. Cualquier libro que caiga en mis manos me llama la atención. Es como un tesoro por descubrir. Seguro estoy de sacar provecho de sus virtudes o defectos.

El único mérito que tiene para mí leer, haber leído, seguir leyendo y por supuesto, releer, es que al menos he hecho y hago lo que me gusta, supongo que para provecho mío y de los que me rodean, porque creo que leer cambia (a mejor) a las personas. Ayuda a ver la vida de otra manera. A entender la posición del otro. O al menos a intentarlo. Por muy difícil que esto parezca. Además, yo creo que leyendo molesto poco. Es una actividad poco ruidosa y no necesita mucho espacio. Al que le gusta leer, se arrincona en cualquier sitio y se puede pasar horas y horas sin despegarse de las páginas del libro.

Con estos días de recogimiento forzoso, obligado y necesario o como se quieran llamar he leído bastante, pero tampoco mucho más que otros días. Lo digo no como si fuera un mérito sino como necesidad.

Y sí, tiene que ser importante leer porque después de tantos años sigue sin molestarme que me dijeran que era un inútil, que no sería nada en la vida, que no tenía ambiciones o que era de inteligencia límite. Es más, incluso creo que ya no me lo dicen. Eso va a ser por culpa de la lectura. Seguro.

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