Se
desliza suavemente el tiempo entre las palabras de una novela de James
Salter, esquía sobre todo cuanto hay, en el existir decidido y
apesadumbrado, en el corriente recorrido de las almas y sus manos y sus cuellos
y sus espaldas para el goce y el esfuerzo. Lees lo que dicen esas frases
elásticamente detenidas en el lugar conveniente, posadas ahí por un impresor
para ti, elegidas para ti, dispuestas una tras otra, en ese orden elemental,
para tus ojos, tus sentimientos, tu cerebro de artísticas dimensiones, exacto y
suficiente. [...]
Escuchas
hipnóticamente la música de Jon Boden y sus Reyes del Residuo, ese
deslumbrante caminar a lo largo de un sendero iluminado por la dulce pasividad
de la inercia, y puedes pensar brevemente en ti como una singular hebra de
asombrosa majestuosidad, una parte distinguible de lo absoluto, un bailaor de
cada carnaval continuo, de esa fiesta difusa que pareciera ser la vida cuando
leemos lo que escriben personas como Joyce Carol Oates, Ian McEwan, Luis
Landero, cuando escuchamos los sonidos educados que nos proponen Van
Morrison, Bonnie 'Prince' Billy o FKA twigs, gente así, pequeños pintores
enormes del silencio.
[...]
Stoner
tendría que poder portar el amable estandarte de una canción de Bob Dylan antes
de que Dylan se desvanezca en la noche eterna del alma humana.
Paul
McCartney debería protagonizar una novela de Nick Hornby antes de que
Hornby decida dejar de escribirme libros a mí.
En ocasiones escucho las canciones que las novelas han olvidado incluir en medio del viento que azota suavemente la separación blanca de sus palabras.
Este
texto pertenece a mi artículo ‘Las canciones que las novelas han olvidado’, publicado el 22 de diciembre de
2019 en Periodistas en Español, que puedes leer
completo EN ESTE
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