¿Te acuerdas de cuando decías que estabas harto de las
novelas, de los cuentos en los que sólo salían escritores, ese mundo de libros
y editores y críticos y lectores profesionales que convertía esas narraciones
en una metaliteratura insaciable y retórica, ajena a la vida de la gente común?
¿Quiénes pertenecen a la gente común? Te preguntaba
siempre alguien, cada vez que tú salías con esa queja tuya de las
novelasdeprofesoresdeliteraturauniversitariosqueademásescriben.
Eso, ¿quiénes? La gente común, el ideal literario para
hacer de la realidad un arte más real que la realidad. Al menos de una realidad
que nos concierna cuando la leemos y creemos haber presenciado aquello que no
acertamos a reconocer en la realidad. Aquello que no podemos entender de la
realidad. Esa verdad oculta que las risas ciertas, los llantos reales, las
riñas, los duelos, los sinsabores, las dichas, las desdichas, los sueños, los
cansancios, las manías, los deseos, no nos dejan percibir en todo su esplendor
de arte, de belleza, de dolorosa hermosura, de extática verosimilitud.
No obstante, y dicho lo cual: no me extraña que, en muchas novelas,
en muchos cuentos, lo que nos cuentan los cuentistas sean las vidas de los
literatos y de los que viven de lo que los literatos creen que es la vida. Y no
me extraña por que... qué van a contar ellos si es todo cuanto saben sobre la realidad.
Lo malo es cuando ni siquiera son capaces de contarlo o no logran que esas
vidas de extraterrestres letraheridos y afines le rocen lo más mínimo a tu alma
de sensible humano vertido sobre las calles y los campos donde la gente escribe
poco, publica poco, lee lo suficiente, vive sin vivir en ella pero sin saberlo.
[Que me perdonen la primorosa joya que es STONER y su autor inmortal]

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