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La escultura aquilata el anhelo, por Alfonso Blanco Martín

De entre las tres artes tradicionalmente consideradas como mayores en Occidente (arquitectura, escultura y pintura) es posible que la que más ampliamente ofrezca una mayor diversidad de obras sea la escultura.

Desde el principio de los tiempos históricos encontramos desde pequeñísimas esculturas que acompañan a los muertos o a rituales de todo tipo hasta gigantescas esculturas de dioses y humanos que conmueven por su empeño en existir junto a los accidentes naturales como si quisieran ser su alternativa o suponer su continuidad.

Pintadas de colores, manteniendo el color de la materia moldeada o desbastada, ocultas, públicas, con pretensiones de imitar la realidad, convocando a la abstracción, puramente decorativas, plenamente simbólicas e, incluso, sagradas en cualquiera de sus facetas. Son objetos, y el objeto palpable tiene algo de perentorio que nos atrae eróticamente… Las toquemos o no, las esculturas siempre poseen la magia y la cercanía del tacto, la aspiración a que la vida sea movimiento y a que el recuerdo pueda ser inamovible.

Son 3.500 años de actividad escultórica, de huida del caos en forma de objeto representativo y simbólico, como si el espíritu pudiera concretarse en unas medidas y un relieve. Quizá la escultura es la forma que tenemos los humanos de aquilatar el anhelo.

[Alfonso Blanco Martín es José María Shandy Coetzee, y viceversa.]

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