De entre las
tres artes tradicionalmente
consideradas como mayores en Occidente (arquitectura, escultura y pintura) es
posible que la que más ampliamente ofrezca una mayor diversidad de obras sea la escultura.
[Alfonso Blanco Martín es José María Shandy Coetzee, y viceversa.]
Desde el principio de los tiempos históricos
encontramos desde pequeñísimas esculturas que acompañan a los muertos o a
rituales de todo tipo hasta gigantescas esculturas de dioses y humanos que
conmueven por su empeño en existir junto a los accidentes naturales como si
quisieran ser su alternativa o suponer su continuidad.
Pintadas de
colores, manteniendo el color de la materia moldeada o desbastada, ocultas,
públicas, con pretensiones de imitar la realidad, convocando a la abstracción, puramente
decorativas, plenamente simbólicas e, incluso, sagradas en cualquiera de sus
facetas. Son objetos, y el objeto palpable tiene algo de perentorio que nos
atrae eróticamente… Las toquemos o no,
las esculturas siempre poseen la magia y la cercanía del tacto, la aspiración a
que la vida sea movimiento y a que el recuerdo pueda ser inamovible.
Son 3.500
años de actividad escultórica, de huida del caos en forma de objeto
representativo y simbólico, como si el espíritu pudiera concretarse en unas
medidas y un relieve. Quizá la escultura
es la forma que tenemos los humanos de aquilatar el anhelo.
[Alfonso Blanco Martín es José María Shandy Coetzee, y viceversa.]



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