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¿Quiénes somos las mujeres?, por Sandra Ferrer

Me apasiona la historia. A algunos les sirve para coger el sueño pronto, a otros para apoyarse en ella y crear mundos imaginados. La historia es una fuente infinita de inspiración. Una ventana apasionante a un pasado repleto de vidas singulares. Empiezas con un simple manual de historia y terminas tirando de un hilo como el de Ariadna y te adentras en un laberinto de hechos que te atrapan. Y no puedes parar. Es una droga. A los que les gusta la historia bélica o la política o la económica, el hilo del que tiran es gordo, robusto y largo, muy largo. Yo decidí escoger un hilo fino, que se rompía en muchos puntos, creando mucha, mucha frustración. Ese hilo era el que me llevó a adentrarme en la historia de las mujeres.
Porque, después de revisar del derecho y del revés los libros de historia tienes la sensación de que el mundo era solamente de hombres. Alguna reina. Alguna monja ilustre. Alguna bruja desdichada. ¿Y las demás? Posiblemente lavando, cocinando, arando, cosiendo. Entre un César o un Napoleón y una mujer de su casa, puedo entender que los editores escogieran a aquellos recios soldados. Eran más atractivos, sus vidas más apasionantes.
Pero resulta que rascando, rascando, descubrí un día que, más allá de Isabel la Católica, Leonor de Aquitania o Santa Teresa de Jesús (sin menospreciar su papel en la historia) hubo algunas mujeres, muchas me atrevería a decir, que quisieron salir de aquella rutina de lavar, cocinar, arar, coser… Vamos, que sacaron los pies del tiesto y a su currículum exiguo de esposa y madre quisieron añadir otras capacidades tales como la escritura, la pintura, la ciencia.
Las mujeres no han destacado porque no se las ha dejado. A pesar de que grandes eruditos de la talla de Aristóteles se empeñaran en repetir cual letanía que las mujeres eran inferiores, no tenían alma, eran las culpables del pecado en el mundo, eran más débiles, inestables y una retahíla inacabable de lindezas, a pesar de tamaña mentira mantenida durante siglos, las mujeres consiguieron desmontar aquella absurda teoría.
Cuando hace ya cinco años se me ocurrió la ilusa idea de crear un blog dedicado a rescatar la historia de mujeres que hubieran dejado su huella en la historia (Mujeres en la Historia), no me imaginé que llegara a aglutinar a más de quinientas escritoras, pintoras, reinas, espías, astronautas, filósofas… y la lista de nombres pendientes de devolver a la actualidad crece cada día. Así que he decidido continuar con mi particular cruzada en favor de las mujeres. Una cruzada que ahora ha dado un pequeño gran paso y ha saltado de las paredes de mi humilde espacio virtual a un ensayo histórico dedicado a aquellas mujeres excepcionales que vivieron en la Edad Media.
Mujeres silenciadas en la Edad Media es un sueño hecho realidad gracias a Punto de Vista y su editor, José Luis Ibáñez Salas. Escogí esa época concretamente porque fueron unos siglos especialmente misóginos, virulentos hacia las mujeres pero que, sin embargo, no amilanaron las voluntades de verdaderas heroínas de su género.
Me atrevería a pensar que alguna de aquellas mujeres que sufrieron la obsesiva misión de muchos hombres por pisotear a la mitad de la humanidad, en algún momento se preguntaran quiénes eran y por qué merecían semejante trato. Y detrás de la gran pregunta ¿Quiénes somos las mujeres? Ellas decidirían contestar que eran seres humanos capaces de crear versos igualmente hermosos que los trovadores, curar enfermedades con la misma eficacia que los doctores u opinar sobre los grandes conflictos militares como un estratega más.
Dijo Cristina de Pizán, quien tiene su lugar en mis Mujeres silenciadas en la Edad Media, allá por el siglo XIV que si la “gente se molestara en buscarlas, encontraría muchas mujeres extraordinarias”. Me pareció un buen consejo, que por suerte muchos historiadores y apasionados del pasado han empezado a seguir desde hace un tiempo.
Mujeres silenciadas en la Edad Media es un humilde homenaje a aquellas mujeres que se enfrentaron al insulto, el ostracismo social, la excomunión religiosa o, en el peor de los casos, la muerte. En este panorama poco favorable, la Edad Media nos legó las historias de curiosas mujeres como la misteriosa iluminadora Clarissa, la cada vez más conocida Hildegarda de Bingen, la trovadora Beatriz de Dia o la doctora Jacoba Felicié. Nombres que demuestran que las mujeres también podían ser capaces de hacer cosas grandes. Con el agravante de que lo hicieron mientras quitaban de su camino las muchas piedras que les hombres les pusieron.
Si los que quieran adentrase en mis Mujeres silenciadas en la Edad Media disfrutan la mitad que yo he disfrutado desempolvando sus historias, me daré por satisfecha.

[este texto apareció por vez primera en enero de 2016 en el ya desaparecido blog que yo dirigía para Punto de Vista Editores]

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