El siglo XX puede acabar
convirtiéndose “en un palacio de la memoria moral”. Va camino de ser “una
Cámara de los Horrores históricos de utilidad pedagógica”. Un recorrido con sus
propias estaciones: Múnich, Pearl
Harbor, Auschwitz, Gulag, Armenia, Bosnia, Ruanda. Y el 11 de septiembre
(ya en 2001) “como una coda excesiva”, una “sangrienta posdata” para quienes se
niegan a aprender todo lo que de maldad incluye esa centuria.
En “nuestra prisa por dejar atrás el
siglo XX hemos olvidado el significado de la guerra”. Porque dejar atrás el pasado significa bien
superar, bien olvidar o bien negar “una memoria reciente de conflicto interno y
violencia intercomunitaria”.
Si la guerra fue la primera
característica del siglo XX; la segunda “fue el auge y ulterior caída del
Estado”: desde la emergencia de estados-nación autónomos al principio del siglo
hasta la disminución de su poder “a manos de las corporaciones multinacionales,
instituciones transnacionales y el movimiento acelerado de personas, capitales
y mercancías fuera de su control”. Fue
el siglo del Estado de bienestar y del Estado totalitario represivo. El
primero fue una medida profiláctica para evitar el regreso de los segundos, fue
una barrera contra el regreso del pasado. Y hemos aprendido que “el Estado
puede ser demasiado grande, pero… también demasiado pequeño”.
Aquel siglo “fue el siglo de los intelectuales”,
fue “una era de extremos políticos, errores trágicos y opciones perversas”. Una
era de la que a veces, erróneamente, creemos que hemos salido. Porque la más
peligrosa de todas nuestras ilusiones contemporáneas “es aquella sobre la que
se sustentan todas las demás: la idea de que vivimos en una época sin
precedentes, que lo que está ocurriéndonos ahora es único e irreversible y que
el pasado no tiene nada que enseñarnos, excepto para saquearlo en busca de
útiles precedentes”.
Este texto pertenece al artículo 'El siglo XX según Tony Judt', publicado el 30 de diciembre de 2018 en Periodistas en Español, que puedes leer completo AQUÍ.

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