¿Se puede permitir Eduardo Mendoza una tontería de tal
tamaño, como ya le ocurrió con algunas, pocas, de sus novelas anteriores,
repleta, como es el caso de esta, además, de incomprensibles títulos de
epígrafes que ni siquiera son propiamente títulos de epígrafes, por lo demás
escritos en francés o en inglés, y hasta en alemán de Alemania o de Austria,
qué se yo, sin gracia ni nada, y luego ese gato de Crumb en la cubierta? Sí, y
sigo.
Con su habitual maestría literaria, Mendoza (de quien ya
escribí en otro lugar que sería el emperador de la Gran Escuela Española de la Literatura Amable, de la cual son sus
reyes Luis Landero e Ignacio Martínez de Pisón, con condes de la categoría de
David Trueba, por ejemplo) nos traslada a los tiempos del llamado segundo franquismo, los del
desarrollismo y la timidísima apertura fragoide, hasta los límites del
tardofranquismo posteriores al asesinato de Carrero Blanco. Y por aquellos
tiempos hace deambular a su anodino personaje incomprensible y melifluo, vacío,
“que consume su vida en vano” (hasta Mendoza lo reconoce) en medio de historias
sin ton ni son, por más que uno de esos seres imaginarios novelísticos,
demasiado ficticios, diga que nadie obra así (“sin ton ni son), “salvo
Satanás”. Un protagonista el de la novela El
rey recibe de quien una ex novia dice que es un ser “felizmente insatisfecho” y de quien él mismo apuntilla que está “condenado a vivir en el presente”.
El asunto es que todo ello lo hace como sólo Eduardo Mendoza sabe hacerlo, con un donaire que está casi a punto de perdonar habernos hecho perder el tiempo trasladándonos a la grisura deletérea de los años en los que Franco (quien a veces sale en la novela, diciendo cosas como que “un caudillo no se jubila, me cachis en la mar”, sic) era un anciano harto de matar, pero no del todo, a los años en que “la represión sofocaba cualquier atisbo de movimiento popular” aunque alguna tímida huelga hacía ya acto de presencia, cada vez más menudo y cada vez menos tímidamente, cuando la oposición al franquismo, sabedora de su incapacidad de derribar a la dictadura, se conformaba con desacreditarla y debilitarla. Como ya dijera en otra ocasión Mendoza, al autor español no le interesa enjuiciar una época sino describirla. Y bien que me alegra.
[...]
Y, como es habitual en la novelística de Mendoza, la frase
más repetida vuelve a ser “no tardé en
quedarme dormido”. ZZZZZZZZ.
“Una de las
desgracias de las personas honradas es que son cobardes. Gimen, se callan,
cenan y olvidan”.
Pues eso.
Este texto pertenece a mi artículo ¿Por
qué no nos importa a veces lo que ocurre en las novelas de Eduardo Mendoza?, publicado en Nueva Tribuna el 22 de septiembre de 2018, que puedes leer AQUÍ COMPLETO.

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