Dice el Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce, que política es un ‘conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios’, es el ‘manejo de los intereses públicos en provecho privado’.
Bierce reproduce certeramente esa forma de pensamiento a la que no me atrevo a tildar de escuela porque es más una corriente vulgar, popular en el sentido de numerosa, una corriente, descabezada, de gente que considera que el mundo donde se toman las decisiones que gobiernan nuestras vidas está poblado de personas interesadas en su propio interés, únicamente. Esto tiene mucho jugo, este decir tiene mucho juego, también.
Conflicto de intereses carente de creencias pero disfrazado de combate de ideas, de respetables ideas. Eso por un lado.
Por otro, la política es para los biercinos —para los que no saben que opinan lo mismo que el ¿intelectual, pensador? estadounidense que desapareció en la Revolución Mexicana hacia el año 1914— el lugar o el modo en el que unos cuantos manejan, trastean con lo que compete a todos.
¿Liberalismo en estado puro? No estoy seguro, de lo que sí estoy seguro es de que aquí hay tomate. Voy a intentar exprimirlo.

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