El protagonista de Riña de gatos es un inglés experto en Velázquez. Y más que actor de una obra es el espectador de una debacle. Un privilegiado espectador que tendrá la oportunidad de entrevistarse con el mismísimo jefe del Gobierno y principal figura de aquella Segunda República española, el republicano e intelectual Manuel Azaña, magníficamente retratado por Eduardo Mendoza, como el resto de personajes reales que deambulan con soltura por las páginas de un libro de gran altura literaria y dotado sin exhibiciones de una profunda reflexión moral e historiográfica sobre un preámbulo sangriento. Una de esas figuras, fundamental en la trama, es el jefe nacional y fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, de quien Anthony Whitelands, nuestro protagonista, llega a pensar cuando le conoce que “está como una regadera” y a quien acabará cogiendo cierto cariño sin dejar de verle como el líder de un “implacable” grupo de “fanáticos”.
He escrito preámbulo sangriento. Esa expresión y la que ya usamos anteriormente junto a primavera trágica, me refiero a la de irreversible, son el meollo de un debate historiográfico en el que no sé si sin querer o de manera deliberada el escritor catalán toma partido a favor de la inevitabilidad, que no de la justificación, del estallido de la guerra. O más bien del advenimiento de una revolución o de una sublevación militar. Lo que no nos cuenta Mendoza, porque no es el caso de la trama, es que ambas se produjeron, y de resultado de las dos, de la sublevación que llevó a la revolución, nació una cruel guerra entre ciudadanos de un mismo país. Para Whitelands, en aquel mes de marzo en que transcurre el argumento de la obra, “reina la calma que […] hay en el centro de un huracán”.
Este texto pertenece a mi artículo titulado Riña de gatos, aparecido en Anatomía de la Historia, el 31 de agosto de 2011.

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