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La muerte de Copérnico

Pero volvamos a la vida de Nicolás. Mejor dicho, a su muerte. Pensemos en aquel anciano enfermo y en la cama viendo la luz del rostro de su hermana Barbara, la luz que era como la de su gran amigo el Sol, una luz por la que había dado sus propios ojos, tan cansados de observar todo lo que el cielo estuvo dispuesto a mostrarle. No es difícil acercarnos a los últimos momentos de la vida de Nicolás Copérnico en su habitación de la catedral de Frombork, que le servía a la vez de observatorio astronómico desde hacía 31 años.

Andreas Osiander había marchado a Frombork para entregarle el libro ya impreso. Allí encontró a Nicolás postrado en su cama, moribundo. Cuando nuestro protagonista vio el ejemplar de su libro que le mostraba Osiander, le dijo que se detuviera de inmediato la impresión de más ejemplares. Poco después, murió.


En el último momento de su vida, parece ser que Nicolás Copérnico se arrepentía de que las teorías a las que había dedicado buena parte de su vida fueran conocidas por mucha gente. Seguía teniendo miedo. Aunque tuvieron que pasar muchos años, su teoría sería comúnmente admitida. En efecto, acabaría triunfando la idea de que el Sol está fijo en el Universo y son los otros planetas, la Tierra incluida, los que dan vueltas alrededor de él.



Copérnico murió en Frombork el 24 de mayo de 1543. Tenía 70 años de edad y no pudo ni imaginar que su nombre iba a ser recordado durante siglos. Gracias a ese libro, la astronomía que los hombres aprenderían sería la misma a la que él dedicó muchos de los años de su vida. Una astronomía muy distinta a la que se enseñaba cuando Copérnico vivía. Ahora tú también sabes que, a diferencia de lo que siempre creyó Nicolás Copérnico, aquel sabio polaco además de sabio fue un hombre muy, muy listo.

El secreto que había guardado el Sol durante miles de años por fin era desvelado a través de la imprenta.




De mi novela inédita El secreto de Copérnico

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