En el último mes he visto alumnos quejarse amargamente de que les he quitado un 0'5 por una sola palabra mal dicha (confusión de Voltaire con Diderot), vestirse de negro ante un examen mío sin apenas conocerme (creyendo que el tributo público a mi supuesta dureza como corrector me haría mucha gracia) o a una alumna llorar y gritar y clamar que la estaba destruyendo por ser pillada con una sartenada de ricas chuletas a la Bonaparte. Los gestos de aprecio de estos niños que viven en urbanizaciones sosegadas y visten zapas de 150€ y lucen iPhone caros tienen que ver con el cálculo del beneficio inmediato y rechazan todo lo que pueda suponer incertidumbre, esfuerzo de difuso resultado y posibilidad de fracaso. Eso sí, jamás he dado clase con más tranquilidad, jamás me he sentido tan profesor ex cátedra. Vengo de unos cuantos años en un centro que es lo opuesto a esta historia: niños abusados, niños abandonados por sus padres, niños "divorciados", niños sin ordenador, niños ...
Tengo siete libros publicados, también escribo mi segunda novela. Me gusta (mucho) Nacho Vegas, Jonathan Coe, Rodrigo Sorogoyen, MARGA y reírme. Dijeron que era un agitador cultural, pero lo que prefiero ver escrito sobre mí es eso, que soy un escritor. Ibáñez escribe.