No me voy a extender acerca de las personas y personajes que mencionaré en el párrafo siguiente -también podría escribir un ensayo acerca de cada uno de ellos: estoy muy crecido-. Seguramente desconoceréis a algunos. Sobre todos ellos es fácil encontrar información, de la superficial y también de la profunda, haciendo algunas consultas en Internet, o preguntando a cualquier argentino o argentina de mediana edad que se tenga a mano.
Tuvieron que ocurrir mañanas,
mediodías, tardes y noches -sobre todo mañanas, mediodías y tardes- de ver la
tele durante, digamos, las dos primeras décadas de mi vida. He tenido que ver
con fervor a señores, señoras y dibujos como los que siguen: Pepe Biondi,
Alberto Olmedo, Carlitos Balá, los viernes, este sí, por la noche; Los tres
chiflados -¡Curly!, qué gracioso era Curly-, o The Three Stoges, que
aquí no son tan conocidos y allá, en Argentina, los niños y adolescentes
devorábamos todos los mediodías -todos-, antes, durante y después de comer; Abott
y Costello; Laurel, el flaco y Hardy, el gordo, en dibujitos y en
sus magníficos cortos; hablando de dibujos: El pato Lucas, El coyote, El
correcaminos, Pierre Nodoyuna -tardé años en asociar su apellido Nodoyuna a
No doy una- y su perro Patán -todos, con desigual acierto, imitábamos su risa; La
pantera rosa; Batman y Robin, la magnífica serie pop de los ‘60 -mi
hijo, hace tres o cuatro años, me regaló los DVDs de la serie completa- que
contenía mucho humor y contenía, también, a la mujer más sensual que
adolescente alguno podía imaginar: Gatubela (Catwoman), la gran Julie Newmar; El
Superagente 86, devoción absoluta ayer, hoy y mañana por esos personajes,
esas tramas, aquellos gags, qué diálogos...; Chaplin, Buster Keaton, La
Tuerca, Hupumorpo, Juan Carlos Mesa, Mel Brooks, Aterriza como puedas,
Miguel Gila, Woody Allen, la revista Satiricón, la revista Humor,
Alfredo Grondona White, Les Luthiers -Daniel Rabinovich y Marcos
Mundstock son dos muertos muy queridos-; Roberto Fontanarrosa, otro;
Crist; Wimpi; Quino, todo él, y no sólo Mafalda; Alejandro Dolina;
y finalmente -también antes y durante nuestra vida en común- los amigos de por
aquel entonces, con quienes aprendí de qué y cómo reírme.
Con todo eso me vine a Madrid. Es inexplicable no haber tenido que pagar por exceso de equipaje.
Tienen que pasar algunas cosas para
que, antes, después o nunca, ocurran otras. Los hechos fundacionales se fundan
antes de fundarse. Ahora pienso que Buenos Aires fue fundada dos veces, y que
lo piense después de haber escrito lo de los hechos fundacionales, es una suave
ocurrencia, un leve momento de comedia, que me hace sonreír.
Además de que el azar disponga la
escena para que parezca que fueron nuestro talento y empeño los causantes casi
exclusivos del milagro, y no él, es inevitable que vayamos alimentando -desde
antes de escapar del vientre de mamá- un bagaje qué, quizá y sólo quizá,
cristalizará algún día, de alguna manera y ayudará a conformar un cierto
espíritu, una profesión o, simplemente unos cuantos recuerdos. Pero parece
claro que sin esas miles de horas de televisión, cine, revistas, dibujitos,
amigos, humor costumbrista, absurdo, a veces sádico y también negro, habría
sido imposible encarar la escritura de estas siete decenas de páginas que ya
están en tu librería amiga, querida amiga, querido amigo.
Más de cuatro décadas después me
senté a vérmelas con el humor. Tras años de ejercer como guionista, un
encargo me ofrecía pensar y escribir acerca de por qué me río y nos reímos.
Una tarea igualmente titánica que la de pensar y escribir acerca del Amor, la
Historia, la Música o sobre Uno Mismo. Pero todo es ponerse. Vivir una vida, y
ponerse.
Tampoco setecientas páginas habrían
bastado para responder a tan desafiante título: Qué es el humor.
Joder con la preguntita.



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