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¿Qué ocurrió antes de escribir Qué es el humor? (por Roberto Villar Blanco)


No me voy a extender acerca de las personas y personajes que mencionaré en el párrafo siguiente -también podría escribir un ensayo acerca de cada uno de ellos: estoy muy crecido-. Seguramente desconoceréis a algunos. Sobre todos ellos es fácil encontrar información, de la superficial y también de la profunda, haciendo algunas consultas en Internet, o preguntando a cualquier argentino o argentina de mediana edad que se tenga a mano.

Tuvieron que ocurrir mañanas, mediodías, tardes y noches -sobre todo mañanas, mediodías y tardes- de ver la tele durante, digamos, las dos primeras décadas de mi vida. He tenido que ver con fervor a señores, señoras y dibujos como los que siguen: Pepe Biondi, Alberto Olmedo, Carlitos Balá, los viernes, este sí, por la noche; Los tres chiflados -¡Curly!, qué gracioso era Curly-, o The Three Stoges, que aquí no son tan conocidos y allá, en Argentina, los niños y adolescentes devorábamos todos los mediodías -todos-, antes, durante y después de comer; Abott y Costello; Laurel, el flaco y Hardy, el gordo, en dibujitos y en sus magníficos cortos; hablando de dibujos: El pato Lucas, El coyote, El correcaminos, Pierre Nodoyuna -tardé años en asociar su apellido Nodoyuna a No doy una- y su perro Patán -todos, con desigual acierto, imitábamos su risa; La pantera rosa; Batman y Robin, la magnífica serie pop de los ‘60 -mi hijo, hace tres o cuatro años, me regaló los DVDs de la serie completa- que contenía mucho humor y contenía, también, a la mujer más sensual que adolescente alguno podía imaginar: Gatubela (Catwoman), la gran Julie Newmar; El Superagente 86, devoción absoluta ayer, hoy y mañana por esos personajes, esas tramas, aquellos gags, qué diálogos...; Chaplin, Buster Keaton, La Tuerca, Hupumorpo, Juan Carlos Mesa, Mel Brooks, Aterriza como puedas, Miguel Gila, Woody Allen, la revista Satiricón, la revista Humor, Alfredo Grondona White, Les Luthiers -Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock son dos muertos muy queridos-; Roberto Fontanarrosa, otro; Crist; Wimpi; Quino, todo él, y no sólo Mafalda; Alejandro Dolina; y finalmente -también antes y durante nuestra vida en común- los amigos de por aquel entonces, con quienes aprendí de qué y cómo reírme.


Con todo eso me vine a Madrid. Es inexplicable no haber tenido que pagar por exceso de equipaje.

Tienen que pasar algunas cosas para que, antes, después o nunca, ocurran otras. Los hechos fundacionales se fundan antes de fundarse. Ahora pienso que Buenos Aires fue fundada dos veces, y que lo piense después de haber escrito lo de los hechos fundacionales, es una suave ocurrencia, un leve momento de comedia, que me hace sonreír.

Además de que el azar disponga la escena para que parezca que fueron nuestro talento y empeño los causantes casi exclusivos del milagro, y no él, es inevitable que vayamos alimentando -desde antes de escapar del vientre de mamá- un bagaje qué, quizá y sólo quizá, cristalizará algún día, de alguna manera y ayudará a conformar un cierto espíritu, una profesión o, simplemente unos cuantos recuerdos. Pero parece claro que sin esas miles de horas de televisión, cine, revistas, dibujitos, amigos, humor costumbrista, absurdo, a veces sádico y también negro, habría sido imposible encarar la escritura de estas siete decenas de páginas que ya están en tu librería amiga, querida amiga, querido amigo.

Más de cuatro décadas después me senté a vérmelas con el humor. Tras años de ejercer como guionista, un encargo me ofrecía pensar y escribir acerca de por qué me río y nos reímos. Una tarea igualmente titánica que la de pensar y escribir acerca del Amor, la Historia, la Música o sobre Uno Mismo. Pero todo es ponerse. Vivir una vida, y ponerse.

Tampoco setecientas páginas habrían bastado para responder a tan desafiante título: Qué es el humor.

Joder con la preguntita.

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