La decimoprimera novela del escritor argentino César Aira, publicada en 1992, se titula Embalse y es (casi) sensacional. Sensacional (prácticamente) porque su lectura le llena a uno de sensaciones que tienen tanto que ver con el mero placer lector como con el gusto por la introspección en los hábitos comunes y su roce con la compleja evidencia del misterio. Otra cosa es su remate. Pero no te la destripo. Empieza así:
“Los ruidos de la
noche subían discretamente a la montaña por sus caminos preferidos”.
Un matrimonio y sus dos hijos, un
bebé y uno de cinco años, pasan unas largas vacaciones en la localidad
cordobesa argentina de Embalse. Estamos a finales de la década de 1980.
“Para ese
entonces, el crepúsculo ya se anunciaba, aunque el cielo seguía celeste y el
sol alto. Algo había cambiado delicadamente en el aire: era como si el tiempo
hubiera volado al cielo”.
La prosa de Aira camina de la mano de
su propio relato, engarzada con él a través de una sutileza inasible, pura
prestancia literaria. Lo que nos cuenta es tanto lo que se narra como la manera
en que lo hace: el fondo y la forma esos de la mano. Un goce lector que hace
que incluso interese lo que no interesa de cuanto se lee. No sé si me explico.
Uno es “eso socio loco del tiempo”
cuando sigue a alguien o a algo. ¿Verdad? Tal y como le ocurre al protagonista.
Ese turista que no tiene nada más urgente que hacer. Y, sin embargo… “La
realidad no es tan real como parece”. Ese turista (de descanso: “hubo una
sucesión de días perfectos: el hastío se hacía cósmico”) que “no pensaba ni
contemplaba nada, sólo la tarde que pasaba indiferente, con sus inmovilidades
encima”, que sueña “uno de esos sueños que pasan por la cabeza y no conducen a
nada, una ficción, de la cadena de ficciones que corre paralela a la realidad,
y no la toca nunca”.
Embalse
forma parte de la cadena de ficciones que corre paralela a la realidad, y no la
toca nunca.
¿Digo que César Aira es un excéntrico
personaje, también escritor, que aparece en la novela? Quede dicho. Un Aira que
seguramente también escriba como el Aira que se mete a sí mismo en la novela:
“La noche estaba ultrasilenciosa, inmóvil, y casi completamente negra en un primer momento, pero también iluminada: los contornos de algunas cosas se veían, y lo demás se dibujaba también, con sus distancias, formas, tamaños, todo en una relación oscura”.

Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.