Los historiadores recordamos lo que otros quieren olvidar, decía Eric Hobsbawm en una afortunada expresión.
La idea de Europa como el
centro de la libertad y el progreso, unida y con historia común, se hizo añicos
con la tendencia persistente que mostraron los europeos a matarse/aniquilarse
durante el siglo XX. Y lo de que Europa era el centro de
la democracia quedó también en cuarentena ─de años, no de días─ con el fracaso
del liberalismo entre 1914 y 1945 y la aparición del fascismo y
el comunismo, que, por cierto, también forman parte del
patrimonio político común, queramos o no.
El problema surgió también con la aparición de visionarios que
querían rehacer/reconstruir Europa. Cuando lo intentaron y lo hicieron con
burocracias y tecnologías modernas, el resultado fue el genocidio,
los campos de concentración, la represión de todo lo que se movía en contra y
la muerte de la ciencia y de la cultura.
Como todo eso comenzó a ser historia en la Europa
occidental de la segunda mitad del siglo XX ─aunque no en la península Ibérica
ni en el Este─, parecía que había una aceptación universal de la
democracia y la gente ya no tenía que luchar por ella.
El historiador Mark Mazower ya
señaló en su brillante La Europa negra que lo que
había triunfado en 1989 era el capitalismo, no la
democracia. Y ese triunfo del capitalismo se ha vuelto más intenso desde que él
publicó el libro en 1998.
Por una parte, la globalización de los
mercados financieros se ha impuesto a la intervención de la
política sobre la economía y el culto al dinero ha sacado a la luz los peores
vicios de esa subordinación al capital en forma de corrupción y distancia entre
la política y la sociedad civil.
Por otro lado, el sindicalismo llamado
de clase, uno de los límites a la explotación, cedió terreno ─o se subordinó
completamente─ a la burocratización y a la adaptación al capitalismo. Y una vez
ha caído también esa identidad que todos ya creíamos nuestra del Estado
benefactor, lo que queda es una apelación al ultraliberalismo/individualismo ─qué
poco han leído de historia─ o a las propuestas populistas de
redención y de rehacer de nuevo todo ─como si los desastres del
pasado tampoco a les enseñaran nada─. Y lejos de Europa, triunfando, con
perspectiva futura, el capitalismo autoritario y superexplotador de China.
En suma, la democracia ya
no tiene enemigos enfrente ─el fascismo o el
comunismo─, sino dentro ─en los políticos, en los
medios de comunicación, en los nuevos redentores y en la apatía de la mayor
parte de la sociedad civil─. Y por si fuera poco, los Estados/nación, lejos de
esfumarse, vuelven a la actualidad.
Es la crisis la que ha
sacado con toda su crudeza a la superficie la complejidad de esas historias
nacionales y culturales, poniendo en su sitio a quienes pensaban que tenemos un
patrimonio y herencia comunes por encima de los conflictos y las guerras.
Los historiadores recordamos lo que otros quieren
olvidar. El presente se parece
al pasado, pero difiere también mucho de él. Lean historia y
comprobarán que, frente al caos, los visionarios y promotores del nuevo orden
ya dejaron huellas por estas tierras ─españolas y europeas─ no hace mucho
tiempo.
Reflexión
hecha por el autor con motivo de la preparación de la ponencia Historia e ideología como presupuesto de futuro en
la jornada Europa como idea organizado por la Fundación
Manuel Giménez Abad y la Fundación Friedrich Ebert (13 de noviembre de
2014, Palacio de la Aljafería, Zaragoza)
[Este artículo se publicó el 19 noviembre de 2014 en la revista digital Anatomía de la Historia, dirigida por José Luis Ibáñez Salas]


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