Llevo pocos años siguiendo a Emilio Gavilanes. A su obra, quiero decir. Llevo poco tiempo asistiendo al prodigio de la escritura perfecta, al encanto de la urdimbre literaria que me deja como lector convencido de la magia de lo cierto, de la necesidad de aceptar la invención como forma de redimirnos de la realidad.
Como el asombro que produce a menudo en mí la obra de
Gavilanes no me permite acarrear ante ti lector ni una mínima parte de cuánto
me afecta su lectura, prefiero centrarme en su último libro,
de cuya categoría Anatomía de la Historia viene dando alguna
muestra significativa. Sí, te hablaré de Historia secreta del mundo, publicado
por La Discreta.
Uno, que ha escrito y ha editado indistintamente
ficción y divulgación histórica, narrativa e historia, se ve en la necesidad de
explicar no cómo consigue el autor de la Historia secreta embelesarnos
sin la hipnosis fraudulenta de los escritores-mercachifles, sino qué es lo que
obtiene quien lee la catarata de textos que componen esta obra verdaderamente
única, diría que fundacional. Porque de obtener se trata, sí, pues un lector logra
siempre algo cada vez que lee lo que escriben quienes conocen el antiguo oficio
de la escritura. Dicen de este libro singular que “ambiciona recorrer el
Universo”. Lo dicen los paratextos que la editorial utiliza para comunicar el
volumen. Y dicen bien. Bendita ambición la de Gavilanes,
quien seguro que no sabe que desea que la cadena de filigrana que ha escrito
camine desde el principio de los días hasta el final, sea lo que sea el final.
¿Y obtiene el lector, al menos, la sensación de recorrer
el Universo? Al menos, no. Nada más y nada menos.
Como ocurre siempre que alguien trata de explicar por
qué una obra, literaria, musical, pictórica… le ha gustado, le ha emocionado o
le ha vuelto a convencer de lo maravilloso que es el talento maquillado por la
destreza, la dificultad más grande radica en tratar de convencer a
quien será incapaz de disfrutar de los valores del trabajo reseñado bien por
falta de recursos culturales o bien por todo lo contrario, por ese pretendido
exceso de habilidades interpretativas que muchos consideran que les adornan. Pero
uno no se resiste ante ese obstáculo y, lejos de recular, se afana en explicar
las razones de su propio gozo estético.
Lo intento una vez más.
En Historia secreta del mundo asistimos
al nacimiento del Nilo e intuimos el rodar futuro del impresionante Ganges,
somos un pez en medio del final del Diluvio, escuchamos a Homero cantar la
guerra de Troya, contemplamos las maneras silenciosas de Buda, acertamos a
vislumbrar algo del rastro de Alejandro Magno, comprendemos mejor la esencia de
la vida gracias a poetas que existieron sin dejarnos ver sus poemas, a ladrones
sellados en el fondo de la Tierra, a la vida y la muerte de Jesús de Nazaret, y
avanzamos sin sentir que pisemos los sueños de nadie a través de los siglos de
los seres humanos hasta completar un ciclo del que salimos más completos y
colmados por la satisfacción de la lectura hospitalaria,
turbulenta cuando ha de serlo, plácida en todos sus sentidos en cualquiera de
los casos.
Gavilanes sabe “que escribir un poema es inferior a
inspirarlo”, que del odio y del horror nunca se huye del todo porque viajan con
su autor “siempre, como polizones”, que cuantos más esclavos se tiren al agua
“extrañamente más lleno de muerte irá el barco”, que las más de las veces “los
truenos suenan como un cajón lleno de piedras que alguien inclinara” o en
ocasiones como “roca que se raja”, sabe que del nido de las águilas “se eleva
un olor ácido, la violenta fetidez de la materia descompuesta”, que “las
almas son los hijos”, que la felicidad es saberse mortal, “que el
cielo que vemos por la noche es una imagen que tiene muchos años”, sabe nuestro
autor y nosotros con él que el protagonista de ‘Ampurdán, final de guerra’,
como tantos, casi como cualquiera, “no necesitó morir para ser olvidado”.
Sí, y lo que sabe nuestro autor se incorpora a nuestro
conocimiento a través de la magia como de herramienta perfecta que
tienen las palabras que habitan las frases de Emilio Gavilanes, frases como las
que ahora reproduzco y que son uno de los textos-cuentos-relatos-capítulos que
componen esta obra hermosa:
“Aunque acabe de pasar, ya es algo remoto. Las cosas
no se alejan lentamente hacia el pasado. Caen en él de golpe. Lo que acaba de
ocurrir, por cerca que parezca, está tan lejos como lo que ocurrió hace miles
de años.
Los troyanos meten en la ciudadela el caballo de
madera. Judas besa a su maestro. Los bárbaros están entrando en Roma. Arturo y
una flecha cualquiera parten desde sitios diferentes hacia el mismo punto.
Leonardo retoca su San Juan. La cuchilla cae hacia el cuello de María
Antonieta. Rosalía no sabe que está escribiendo el que será su último verso. La
muchacha lo ha abandonado hace unos minutos. Todo eso ya es de la misma
materia. Palabras.”
[Este artículo fue publicado el 18 de mayo de 2015 en la revista digital Anatomía de la Historia, que yo dirigí.]

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