Cuando el escritor francés Hervé Le Tellier (“hay que admirar siempre a los que queremos, no deja de ser admirable que los queramos”) escribió de uno de esos excelentes libros suyos, El nombre en el muro, que sin escribir una tesis sobre la muerte de un héroe silencioso, una de las muchas víctimas de los nazis, lo que finalmente hizo fue decir con sus propias palabras lo que había leído en libros y periódicos, aunque admitía haber citado en exceso, algo que justificaba arguyendo que si lo hacía (citar en exceso) había sido para no apropiarse ni “parafrasear lo que otros han formulado ya estupendamente”. Lo mismo me pasa a mí en mis libros de no-ficción. Parafrasear a quienes escriben de fábula lo que a mí me interesa evidenciar en mis libros y sobre todo apropiarse de lo que otros ya han dicho me parece algo execrable, desafortunado, injusto e impropio de un divulgador.
Porque eso es lo que soy, un
divulgador. Entre otras cosas.
Como ya escribí antes:
El conocimiento no sirve para nada si
no se comparte. Conocer. Entender. Comprender. Reconocer. Explicar. Compartir.
Divulgar. Los pasos de ese proceso, que valen para todos los profesionales
dedicados a cualquier saber.
El Diccionario de la lengua
española dice que divulgar es
“publicar, extender, poner al alcance del público algo”. Y
que esa palabra viene del latín divulgare, que a su vez quiere decir,
literalmente, “hacer algo accesible al vulgo (es decir, a la gente común, al
público en general)”.
Yo divulgo.
[arte de Igor Razdrogin]

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