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Hervé Le Tellier nos recuerda que hay que tomarse en serio a los nazis

En 2024, el escritor francés Hervé Le Tellier publicó Le nom sur le mur, un libro que en realidad no es una novela, aunque bien podría pasar por serlo. Eso qué más da (el propio autor dice pronto: “no he escrito una novela”). Traducido dos años después espléndidamente a mi idioma por Pablo Martín Sánchez con el título de El nombre en el muro, es, en cualquier caso, un libro excelente, de esos que te reconcilian al leerlo con eso que llamamos a menudo, sin darle el esplendor que merece a menudo (a veces), humanidad. Un monumento pequeño e intenso a la tan traída y llevada memoria histórica.


Lo que se nos cuenta en esta obra es la vida de André Chaix, un joven que se unió a la Resistencia francesa en 1942 y murió (luchando), durante la retirada alemana, el 22 de agosto de 1944: un maqui, uno de los 13.679 miembros de las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) muertos durante la Segunda Guerra Mundial, dos terceras partes de los cuales cayeron entre junio y septiembre de 1944.

 

“Yo no soy historiador, pero la Historia está necesariamente ahí, ya que André participó en ella, como héroe y como víctima. No he escrito una tesis, no he hurgado en archivos secretos, y quiero dar las gracias a todos aquellos y a todas aquellas que me han ayudado a encontrar respuestas a unas preguntas a veces inocentes. A lo largo y ancho del texto he dicho con mis propias palabras lo que he leído en libros y periódicos, lo que he oído en reportajes radiofónicos o lo que he visto en documentales. Puede que haya citado en exceso, pero ha sido para no apropiarme, o para no parafrasear, lo que otros han formulado ya estupendamente”.

 

Para no ser el libro de un historiador El nombre en el muro es finalmente un admirable libro de Historia. Al fin y a la postre, “viendo cómo va el mundo”, tiene razón Le Tellier cuando asegura no tener duda “de que hay que seguir hablando de la Ocupación, del colaboracionismo y del fascismo, del racismo y del rechazo del otro hasta su aniquilación” y, por eso, es (muy) de agradecer que se haya cuestionado “nuestra naturaleza profunda, ese deseo de pertenecer a algo más grande que nosotros, que conduce a lo mejor y a lo peor”.

El nazismo se erige en momentáneo protagonista del libro, y de él se dice que “no es una página más en la historia de la humanidad”, A Le Tellier le “parece bien que no sea posible hablar con serenidad de ello”.

 

“El Tercer Reich tenía que durar mil años, y se quedará en doce. Pero esos doce años bastarán para moldear a hombres y mujeres terribles. El nazismo consiguió catalizar en algunos especímenes humanos una extraordinaria capacidad para volverse inhumanos. De ahí que nos confronte sin cesar a la cuestión de saber qué es un ser humano, y qué lo mueve”.

 

No lo olvidemos nunca: “hay que tomarse en serio a los nazis, y también sus delirios”. Porque, no puedo estar más de acuerdo con Le Tellier, “ideas así no se debaten, se combaten. Si la democracia es una conversación entre gente civilizada, la tolerancia termina cuando se topa con el intolerable. Quien siembra el odio no merece el beneficio de la discusión. Quien aboga por la desigualdad entre los hombres no se merece ser tratado como un igual en el intercambio de opiniones. Hago mía la frase lapidaria del historiador y resistente Jean-Pierre Vernant: «No se habla de recetas de cocina con antropófagos»”.

Le Tellier prácticamente despide su hermosodoloroso libro con estas bellas palabras:

 

“Lo que sí sé es que, sin ese nombre grabado en el muro, sin André Chaix como hilo conductor, no habría sido capaz de explorar esa época en que la generosidad y el valor lindaron como nunca con el egoísmo y la abyección. Jamás me habría acercado tanto a hombres como Henri Roché, ni a mujeres como Marguerite Soubeyran, que tenían una confianza ciega en el ser humano”.

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