A la prolífica escritora estadounidense Louise Erdrich yo la conocí leyendo esa obra maestra suya que es la novela La casa redonda (The Round House), de 2012. La segunda novela escrita por esta mujer chippewa que disfruto es The Night Watchman (galardonada con el Premio Pulitzer de Ficción), publicada en 2020 y que yo he leído en su traducción a mi idioma de Susana de la Higuera Glynne-Jones, un año posterior, con el título de El vigilante nocturno.
Que quede claro, leamos a Erdrich:
“El 1 de agosto de
1953 el Congreso de los Estados Unidos anunció la Resolución
Concurrente 108 de la Cámara, una ley para derogar los tratados
entre naciones que se habían firmado con las naciones indias de Norteamérica
con un tiempo de duración descrito como «mientras crezca la hierba y fluyan los
ríos». La declaración pronosticaba la futura desaparición de todas las tribus y
el fin inmediato de cinco tribus, incluido el grupo de Turtle Mountain de
los indios chippewas.
Patrick
Gourneau, mi abuelo, luchó contra la «terminación», como
presidente de la tribu, mientras trabajaba de vigilante nocturno. Apenas
dormía, al igual que mi personaje Thomas Wazhashk. Este libro es una novela
de ficción. Aun así, he intentado mantenerme fiel a la extraordinaria vida de
mi abuelo. Cualquier error es mío”.
La ficción no comete errores con la
realidad, querida, la transforma, la reafirma, la viste, la disfraza, la
embellece. Pero te entiendo.
“Hemos sobrevivido
a la viruela, al fusil de repetición Winchester, a la ametralladora Hotchkiss y
a la tuberculosis. Hemos sobrevivido a la pandemia de gripe de 1918, y luchado
en cuatro o cinco guerras cruentas de los Estados Unidos. Pero al final seremos
destruidos por una sucesión de palabras tediosas. «La puesta a disposición de»,
«la intensificación de», «la terminación de», «asegurar», etcétera”.
Estamos aquí en esta novela ante una
realidad que, a quienes hemos vivido toda nuestra vida sin un auténtico
conocimiento de lo que es la vida ante/en la Naturaleza (así, en mayúsculas,
que se note), nos parece pura magia, sí, eso que se dio en llamar, y que ahora parece
que vuelve a gastarse, realismo mágico: el de los indios
norteamericanos, los primitivos nativos americanos. Los chippewas, sin ir
más lejos (“casi todo tenía más gracia en chippewa”).
“Había momentos en
que Patrice se sentía como si la estirasen dentro de un marco, como una tienda
de piel. Procuraba no pensar que quizá fuera a salir volando con facilidad”.
Este personaje, Patrice, es un
personaje literario de primera magnitud, como todos los que crea Erdrich, alguien
a quien no se le da bien “ponerles nombre a las cosas, o saber en qué se
fundaban: sus sentimientos eran como el tiempo. Tan solo los sufría o los
disfrutaba”. Su madre, Zhaanat, “puesto que todo estaba vivo y era sensible a
su manera, capaz de ser herido a su manera y capaz de castigar a su manera”, apoyaba
siempre todo pensamiento suyo “en tratar todo lo que la rodeaba con enorme
delicadeza”. En El vigilante nocturno, “el mundo exuda significado”.
“Nunca te cansas de las personas que
quieres”. Qué triste es a menudo no estar triste. “¿Cómo sería estar en el
sueño de un oso?”
Despido estas palabras con las
palabras de la autora. Préstalas atención.
“Por último, si alguna vez dudan de que una sucesión de palabras áridas en un documento gubernamental puede destrozar espíritus y triturar vidas, que este libro borre esa duda. Por el contrario, si usted es de los que están convencidos de que somos impotentes para cambiar esas áridas palabras, que este libro le dé aliento”.

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