El afamado escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov publicó en 2024 su cuarta novela, Gradinaryat i smurtta, traducida al año siguiente brillantemente a mi idioma por María Vútova como El jardinero y la muerte.
Decir de ella que es deslumbrante quizás sea decir poca cosa, tal vez sea ser impreciso uno. Conmovedora, triste y luminosa, divertida a su manera de hacer bella la oscuridad de la muerte de los seres (muy) queridos, impactante y certera. Todo eso. Y más…
El frontispicio del libro dice…
“Cualquier
historia, hasta la que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del
lenguaje, cuando se reviste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte
tanto del ámbito de lo real como del de la ficción”.
En El jardinero y la muerte
vuelve a aparecer un personaje muy Gospodínov, el tal Gaustín, que antes de que
comencemos a leer la novela ya ha sido citado diciendo que “La muerte es un
cerezo que madura sin ti”.
Claro que empezar, la novela empieza
así, sin rodeos:
“Mi
padre era jardinero. Ahora es jardín.
No sé por dónde
empezar. Que este sea el inicio. Estamos hablando de un final, por supuesto,
pero ¿dónde empieza el final?”.
Avisa el autor. Y quien avisa…
“Quiero avisar
desde ya que al final de este libro el protagonista muere. Ni siquiera al
final, más bien por la mitad, pero luego vuelve a estar vivo, en todas las
historias de antes de irse y en las de después. Porque, como decía Gaustín, en
el pasado el tiempo no fluye en una sola dirección”.
Y ahí radica el mérito, el
aprovechamiento, el servicio que procura la lectura de esta maravilla. La vida
y la muerte, el tiempo, y nosotros entre la una y la otra y en el interior de
él, atravesándolo. Nosotros. Todos nosotros. Es Gospodínov quien nos narra
la muerte de su padre, y es su padre el verdadero protagonista de la novela.
“Sobreviven solo
los narradores de historias, aunque también ellos morirán un día.
Sobreviven
sólo las historias”.
Narramos, tiene razón Gospodínov,
para que quienes habitamos el mundo estemos cada uno en su sitio, fuera del
desborde que acaba por ser la muerte.
Pero no nos confundamos: “este no
es un libro sobre la muerte, sino sobre la tristeza por la vida que se va”.
Un libro sobre la tristeza ante la
muerte. Ante la muerte de los otros. Y menudo libro. De una intensa brevedad
majestuosa. Como dice su protagonista (continuamente): “No hay nada que temer”.
Aunque la muerte no es el ámbito
esencial de la novela (autobiográfica) de Gospodínov, la muerte tiene su
protagonismo relevante.
“Me pregunto si
las flores no son realmente los periscopios secretos de los muertos que yacen
bajo ellas observando el mundo a través de sus tallos”.
Porque “¿de qué hablamos cuando
hablamos de la muerte? ¿De aquel que se ha ido o de nosotros? ¿De la ausencia
misma?”. ¿O tal vez lo que hacemos cuando hablamos de la muerte es en
realidad hablar “de la vida en toda su fascinante fugacidad”. Será eso.
“Es
increíble la cantidad de daños que puede infligir la vida”.
Más preguntas: “¿seguimos existiendo
si se va la última persona que nos recordaba como niños?”; “¿qué se hace al
final de la vida?”, “¿por qué nadie nos enseña qué hacer con la muerte de los
otros?, ¿por qué nadie nos enseña cómo se muere, cómo debemos morir?”, “¿adónde
van los que se van?”
No dejan de tener su interés las
contadas (y agudísimas) reflexiones sobre los años del socialismo (real) en
Bulgaria que leemos en la novela. Una:
“Mi padre
continúa: De un año para otro, vivimos mejor, de un día para otro, peor.
Esto es lo que solía decir un paisano nuestro durante el socialismo. Qué cosa
más rara, repetía el paisano, de un año para otro vivimos mejor, como dice el
periódico, pero de un día para otro todo va de mal en peor. A mí me pasa igual,
dice mi padre de vez en cuando, intentando sonreír a despecho del dolor”.
Otra, cuando Gospodínov (que nos
recuerda que él ya había escrito una novela en la que el narrador narra la
muerte de su propio padre, el narrador, que conste) nos cuenta que mientras su
padre se moría, muy cerca de su casa, se desmontaba el monumento al Ejército
Soviético (treinta y cinco años después de la caída del Muro de Berlín, ojo):
“aquel sistema se está yendo como vivió, de la misma forma prolongada y fea”.
“Toda la
literatura universal, la búlgara no es una excepción, canta a la madre y
escribe amargas cartas kafkianas al padre”.
De lo desgarrador de cuanto se nos
cuenta, de todo aquello que vivimos con el autor, da cuenta esa frase que dice…
“Narrar
una muerte no es más fácil que vivirla”.
Porque no, no hay “nada más estable
que la muerte”. Y no, “nunca volvemos a sentirnos tan seguros como en brazos de
nuestros padres”. Lo dice, lo escribe alguien que estuvo primero “en el dolor”,
porque “primero es un lago dolor. La tristeza viene después…”
Un libro sobre la muerte. ¿O sobre
el duelo? Porque “el duelo en realidad es egocéntrico, duelo por uno mismo
en un mundo abandonado”.

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