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| Goya |
El politólogo e historiador estadounidense David Rieff (hijo de dos eminencias de la cultura contemporánea, especialmente su madre, Susan Sontag y Philip Rieff) publicó en 2025 uno de sus punzantes ensayos, en realidad una serie de docenas de reflexiones agrupadas con el título de Desire and fate, traducido ese mismo año excelentemente a mi idioma por Aurelio Major como Deseo y destino: lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitsch.
En el prólogo, el escritor irlandés John
Banville dice que Deseo y destino… es “una crítica deslumbrante y
demoledora de lo que en el mundo angloparlante se conoce bajo la etiqueta de woke”,
donde David Rieff “afirma —y lo hace más de una vez, para dejarlo bien claro—
que los comisarios de la cultura woke son totalmente indiferentes a la
política de clases”.
El primer texto de Rieff ya contiene
lo principal de cuanto él quiere dejarnos claro que significa lo woke
(un término despectivo que los conservadores y la ultraderecha anglófila vienen
utilizando desde hace unos años, pero que en el libro es empleado con fines de
comprensión crítica del movimiento identitario presuntamente progresista, “la
teoría crítica de la raza (TCR), la interseccionalidad, lo LGTBQ+ y todo lo
demás”, cuyo epicentro es el trauma):
“La
revolución cultural que arrasa en buena parte del mundo rico —una
amalgama de subjetividad autoritaria más radicalmente expresada por la
convicción de que los seres humanos son todo lo que sienten ser, y de una
suerte de rousseaunismo lumpen, según el cual lo que hoy se denominan
«modalidades indígenas de la mirada» se consideran al menos equivalentes a la
razón y, según muchos progresistas, son superiores a esta— no tiene
precedentes formales”.
Rieff considera que mucho de lo que
compone la cultura woke tiene antecedentes innegables: “la
pretensión comunista de crear un hombre nuevo; la satanización del pasado en la
Revolución Cultural china, aunada al empeño en que la gente manifestara su
repudio a aquel en público; la vetusta ilusión europea de que las sociedades
premodernas eran en esencia moralmente inocentes, y la revolución terapéutica
que popularizó (lo que Freud tenía presente en un principio era, desde luego,
algo bien distinto) y convirtió en fetiche un yo imperial merecedor de
satisfacción por el mero hecho de serlo, y enfatizó que, si no podía hacerse
realidad el relato que alguien se contaba a sí mismo, entonces uno u otro orden
opresivo lo había estafado”.
Lo que resulta novedoso es la
síntesis que ha llevado a lo que muchos denominan woke: “dos
cosmovisiones al parecer incompatibles —el individualismo radical y el
comunitarismo radical que llamamos de modo más o menos insatisfactorio política
identitaria— que buenamente coexisten en el seno del mismo relato
utópico”. Se distingue por “su absoluta intolerancia a todo —el supremacismo
blanco, el patriarcado, la heteronormatividad, etcétera—, salvo al capitalismo”.
Afirma Rieff, y eso es lo que hace de su análisis una reflexión profundamente
interesante, que “siempre que la comunidad empresarial se doblegue ante la
nueva dispensación cultural (personas no blancas que de pronto predominan en la
publicidad, banderas del Orgullo en la entrada de las torres de oficinas de las
empresas incluidas en «Fortune 500»), puede proseguir venturosa su camino, como
en efecto está ocurriendo”.
“Es
este proceso una prueba más de la habilidad del capitalismo para cooptar
y su capacidad para neutralizar movimientos sociales que, de otro modo,
podrían suponerle una amenaza, mediante la efectiva adopción de una variante
inofensiva de los mismos como propia”.
Se trata de “la mercantilización de
la disidencia”, en palabras de Rieff.
En lo woke (cuyo principal programa sería el de la diversidad, la equidad y la inclusión, lo que en el libro se encierra con la sigla DEI) confluyen “la satanización de la alta cultura tradicional de Occidente y la actitud más permisiva imaginable ante las desigualdades de clase”, de manera que “se considera peor sufrir una ofensa lingüística —por un error de género, una microagresión o un libro escrito en 1823 porque no presenta las mismas actitudes que los de 2023— que sufrir privaciones materiales”. De todo ese conglomerado solamente se puede excluir a los ecologistas radicales, cuyo anticapitalismo es genuino, ya que “se trata del anticapitalismo del miedo”.
[…]
Una época dominada culturalmente por
lo que yo llamo Primera Guerra Cultural Mundial (que en el libro es
sencillamente denominada “esta guerra cultural”), en la que lo que se está
produciendo, “a ambos lados de la línea del frente woke-antiwoke”,
no es más que “una sombra en la penumbra de la cultura del pasado”. Por
supuesto que hay personas de talento en ambos bandos, afirma Rieff, pero, “si
somos rigurosos, la afirmación de que los grandes días de la cultura occidental
han quedado atrás es simple y llanamente un hecho”. Lo que ocurre es que “la
vieja cultura está agonizando, y la que pretende sucederla ha nacido muerta”.
¿Será verdad que la contracultura —la
que quiere “romper las cadenas de la supremacía blanca, el patriarcado
«cishetero», la neurohomogeneidad (lo que solía llamarse cordura, y con razón),
el capacitismo, la gordofobia, etcétera”— se ha convertido en la cultura,
que ya no hay individuos transgresores, que lo que hay son colectivos
transgresores?
[…]
Todo lo relacionado con el programa woke
de la DEI (el de “las nuevas generaciones cuyo sello psíquico distintivo es
el de una fragilidad iracunda”, el del “envilecimiento del lenguaje”)
opera en lo que Rieff llama “el complejo académico-cultural-filantrópico,
principalmente en la anglosfera, pero lo hace a través de un “nihilismo
patológico”, por medio del cual “se dedica más energía a renombrar
edificios en los campus y a quitar monumentos que a abogar por préstamos a las
pequeñas empresas, el mejoramiento del transporte público o el aumento de la
atención sanitaria”. Rieff no niega que al wokismo (esa “expresión de
hipocondría moral y social” repleta de “fábulas del consuelo”) no le importen
las cuestiones materiales, sino que lo que sostiene es que “no les dedica ni
una décima parte de la energía que ofrenda a la política simbólica”.
“Ceder
a la presión woke es un buen negocio”.
Esta cultura, esta “cultura
traumática”, terapéutica, censora, inculca “la noción de que lo psicológico
es absolutamente equivalente, si no superior, a lo material”. Y lo que hace
es “dar prioridad a las heridas psicológicas del pasado sobre las heridas
materiales del presente”. Estamos ante “la beatería burguesa
contemporánea”, la misma de “la clase profesional y gerencial”. Vivimos los
tiempos en que “todo debe ser politizado y moralizado”.
[…]
Vivimos el tiempo del “progresismo
identitario de la clase profesional y gerencial de Occidente”. Es el triunfo
de la cultura traumática, “el triunfo de lo traumático”.
“El concepto de
trauma se ha convertido en uno de los principios centrales de organización
de los movimientos emancipatorios de la época”.
Se exhibe el trauma, se usa como arma
en la cultura actual “para suprimir toda diversidad real de puntos de vista”.
El trauma sustituye así a la libertad de cátedra. Como el desacuerdo
traumatiza, el triunfo de lo traumático, “el superpoder del sufrimiento”,
acaba por ser “la banalización de lo traumático”.
“Vivimos en una
sociedad en la que muchísimas personas se sienten constantemente afrentadas,
ofendidas o a punto de estarlo: lo único moralmente aceptable es una
cascada de elogios”.
Al autor y a mí nos sorprende “la
convicción de que no hay diferencia relevante alguna entre lo que alguien
siente y lo que es. No se trata solo del triunfo de lo terapéutico, sino de
su dictadura: como si lo que sentimos, en cuanto lo descubrimos, deviniera
inmutable desde ese instante”.
Es como si no existieran los
individuos, como si únicamente existieran “los miembros de
colectividades oprimidas y opresoras”. Como si allá donde hubiera una
necesidad hubiera un derecho. Y si todo deseo ha de ser tratado como un
derecho, el significado original de los derechos desaparecerá, sostiene
Rieff (y yo con él), si es que semejante estropicio no ha ocurrido ya.
“La
mentecata tiranía del corazón avanza a buen ritmo”.
¿En qué consiste, en definitiva, lo woke,
para ir concluyendo?
“Lo woke
consiste sobre todo en la noción conformista del viejo axioma provinciano de la
América blanca protestante —«Si no tienes algo amable que decir, no digas
nada»—, que se ha vuelto a desplegar al servicio de una pretendida emancipación
y reparación. Y en el sustrato de todo ello yace la rancia incapacidad
estadounidense de distinguir entre deseo y realidad, y la rabia que desata la
frustración de cualquier deseo, trátese de una chabacanería o un disparate.
Yo soy lo que yo diga. Toda negativa a reconocerlo me está negando a mí: ese es
el mantra. Y en estos grandiosos tiempos nuestros, ¡ay de quien se oponga a
ello!”.
Pero todo ello, no olvidemos que eso
es la tesis esencial del libro, con la ausencia casi absoluta de la justicia
social como horizonte. Y esta es, a mi modo de ver, la gran aportación de Deseo
y destino, que la izquierda tiene esta batalla perdida en la Primera Guerra
Cultural si se deja devorar por semejante “ejército de agraviados que creen que
la nuestra es la época del ajuste de cuentas”, pero no contra quienes niegan la
redistribución de la riqueza. Si hace que “la justicia psíquica” eclipse casi
por completo a la “justicia económica”.
No podemos esperar nada bueno de una
sociedad “que ya no puede distinguir entre sus deseos y su destino”, incapaz de
sobrevivir a “la posibilidad de que lo esperado no se materialice tarde o
temprano”.
“El triunfo de
lo traumático no podría existir sin el triunfo paralelo de lo
histriónico”.
Despido mi lectura abrumada del libro
de Rieff, demoledor, haciendo referencia a que el ser humano ha pasado de
reverenciar la verdad a arrodillarnos ante quien arguye mi verdad, hemos
llegado, desde las vicisitudes del destino, “a la supremacía del deseo”. La
última palabra, como siempre… la tiene precisamente el destino. Eso seguro.
Este texto pertenece al artículo ‘Lo woke existe’, publicado el 8 de abril de 2026 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.


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