Ir al contenido principal

Seres imperfectos en un mundo violento: los cómics de Hermann (por Ricardo Ibáñez Salas)


Saber que no habrá nuevos cómics escritos y, sobre todo, dibujados por Hermann Huppen es la peor noticia posible para cualquier buen aficionado a los tebeos. Lo es, sobre todo, para una generación de lectores que contamos entre nuestras primeras lecturas con las aventuras de Red Dust y Comanche y los viajes a bordo del Cormorán de los inolvidables Bernard Prince, Djinn y Barney Jordan. Personajes que, afortunadamente, sobrevivirán en la vida eterna de la ficción y en la memoria de los lectores, por los siglos de los siglos, a su creador, que, a partir de su fallecimiento, pasa de la categoría de maestro a la de leyenda, dejando un vacío imposible de llenar en el noveno arte.

Si hubiera que definir la obra de Hermann con una sola palabra, sería textura. Pocos autores han logrado que el lector sienta el frío del barro, el olor a pólvora o la aspereza de la roca como él. Desde sus inicios en la revista Tintin en los años 60 del pasado siglo, Hermann rompió con la estética limpia de la línea clara para imponer un estilo visceral, donde la anatomía humana sufre y el paisaje es un personaje más.


La trayectoria de Hermann se sostiene sobre tres pilares fundamentales que redefinieron géneros enteros. El ya citado Bernard Prince, junto al guionista Greg, donde elevó el cómic de aventuras a una nueva cota de realismo. Los escenarios exóticos dejaron de ser postales idílicas para convertirse en entornos hostiles y peligrosos.

Por supuesto, Comanche, que es, seguramente, y pese a Blueberry y otros, el mejor western de la historia del cómic franco-belga. Con el mítico duelo de El cielo está rojo sobre Laramie, Hermann demostró una maestría narrativa y un uso del color (y las sombras) que dejó obsoletos a sus contemporáneos.


Y, en tercer término, Jeremiah, su obra más personal, donde dio el salto a la escritura de los guiones. En un mundo post-apocalíptico, Hermann exploró la cara más oscura de la humanidad con unos guiones cargados de pesimismo antropológico y crítica social.

A mediados de los años 90, Hermann dio un giro técnico que dividió a los puristas, pero encumbró su faceta artística: abandonó el entintado tradicional por el color directo. Sus páginas empezaron a nacer directamente de la mancha de la acuarela, logrando una atmósfera orgánica y casi onírica en obras como Las Torres de Bois-Maury. En esta saga medieval, el autor alcanzó su madurez absoluta, retratando el medievo no como una época de caballeros brillantes, sino como un tiempo de hambre, fanatismo y crudeza.


Tras estas grandes sagas, Hermann ha culminado su longeva carrera artística con títulos como Sarajevo Tango, Caatinga o álbumes como Lazos de sangre, y muchos otros, escritos por su hijo Yves H, donde su gran clase gráfica y narrativa y su personalidad única han seguido construyendo ese legado único del que debemos seguir disfrutando en relecturas que hoy mismo deberíamos reanudar.

Hermann siempre ha sido un autor de carácter fuerte, alejado de las modas y los compromisos comerciales. Su obtención del Gran Premio de Angulema en 2016 fue un reconocimiento tardío pero necesario a una carrera que nunca buscó complacer, sino impactar.

Su obra, que no trata sobre héroes invulnerables, sino sobre hombres y mujeres cansados que intentan mantener un resto de dignidad en mundos desolados, hoy pasa, como el nombre de su inolvidable creador, a la historia. Debemos intentar que en ella no sólo se le recuerde como un dibujante virtuoso o un hábil contador de buenas historias, sino como el cronista de la lucha humana contra la adversidad, alguien capaz de legarnos viñetas que nos recuerden que el arte, para ser real, debe tener cicatrices. Él mismo lo explicó: "No dibujo para decorar las paredes, sino para contar lo que somos: seres imperfectos en un mundo violento". Descanse en paz.

Comentarios

Grandes éxitos de Insurrección

Esa novela de la que habla todo el mundo: La península de las casas vacías

Échame a mí la culpa, (no sólo) de Albert Hammond; LA CANCIÓN DEL MES

Los cines de mi barrio (que ya no existen)