De 2002 es el libro Memorias no vividas. Madrid qué bien resiste. La vida cotidiana en el Madrid sitiado, de la historiadora y socióloga Valentina Fernández Vargas.
Lo leí muchos años después para
intentar comprender cómo fue la vida en mi ciudad durante la Guerra Civil
española. Lo (poco) que saqué en claro es lo que sigue.
En el marco analítico de lo que ocurrió en aquellos tres años cruciales del siglo XX español (1936-1939), “los republicanos en general, y los madrileños en particular, han de inventar sistemas de supervivencia, de resistencia absolutamente nuevos, para una guerra también de características absolutamente novedosas (como los bombardeos en alfombra), superpuestas a prácticas más que tradicionales: represiones locales y terror masivo sistemáticamente provocado”.
Madrid y su entorno contaban con unos
800.000 habitantes en julio de 1936, pero pronto vio incrementada su población
en unas 500.000 personas “que accedieron a la capital buscando protección”.
En Madrid se vivieron tres tipos de guerra: “una guerra de trincheras más o menos estable”, también “sufrió los primeros bombardeos aéreos masivos y sistemáticos de la historia” y, por último, a su vez, “en sus calles actuaron grupos como la quinta columna o milicias más o menos irregulares que elevaron el horror a límites máximos a límites máximos”. Madrid fue frente y retaguardia al mismo tiempo.
“El pueblo de Madrid, capital
histórica de la nación y por lo tanto con un importante valor simbólico, estuvo
a la altura de lo que representaba su ciudad, manteniéndose firme frente a los
ataques de las tropas del general Franco y sufriendo todas las tensiones,
enfrentamientos y luchas políticas generadas por el desarrollo de la guerra”.
Pocos meses después de comenzar el
conflicto, a comienzos de noviembre del año 1936, “contra todo pronóstico, cuando
ya algunos periódicos extranjeros habían publicado su caída, Madrid resiste. Y
vuelve a oírse el grito nacido en Verdún pero indisolublemente unido a Madrid
para la memoria colectiva: No pasarán”.
Fernández Vargas nos recuerda que Madrid “tiene el terrible privilegio de haber sido la primera ciudad, al menos europea, en sufrir bombardeos de destrucción masiva; iniciados el 27 de agosto de 1936, su primera víctima será un soldado”. Aquellos bombarderos fueron terribles en noviembre de 1936, más adelante se dio un nuevo pico cuando tuvo lugar la batalla de Guadalajara, o la de Brunete en enero de 1937, y aunque no cesarán en toda la guerra de nuevo se agudizaron en marzo de 1939, cuando la derrota republicana estaba siendo ya irremisible.
Los bombardeos que sufrió Madrid (de dos tipos: tanto a base de disparos de cañones en la distancia como los efectuados desde la aviación) fueron selectivos: produjeron más víctimas y destrozos en los barrios bajos que en los más ricos (apenas dañados) y destruyeron irremediablemente unos diez mil edificios.



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