Este artículo es continuación de ‘El terrorismo en el País Vasco: ETA contra Lemóniz; por José Antonio Pérez Pérez’.
El terrorismo que
practicó ETA no buscó solamente doblegar al Estado y lograr la independencia de
Euskadi; su objetivo fue, sobre todo, imponer un proyecto político de corte
totalitario y uniformizar a toda la comunidad en torno a unos valores y
principios ultraconservadores revestidos superficialmente con un barniz
revolucionario de estética militarista. Para ello, además de atentar contra
los miembros de las Fuerzas de Orden Público, fue necesario señalar, estigmatizar
y asesinar a aquellos que fueran sospechosos de romper esa realidad homogénea
que pretendían materializar por la fuerza de las armas. Se trataba,
fundamentalmente, de matar de manera selectiva a unos cuantos para
atemorizar a la mayoría, es decir, de extender una ley del silencio que
impidiera disentir a cualquiera que no compartiera sus ideas.
Una de las
prácticas que llevó a cabo la organización terrorista, con la colaboración
necesaria de cientos de personas de su entorno, fue la elaboración de «listas
negras» en las que fueron incluyendo y señalando a los «enemigos del
Pueblo Vasco». Pasar a formar parte de aquel
siniestro listado era tan sencillo como, paradójicamente, fácil de evitar:
podía bastar con tener un coche de alta gama matriculado en Madrid o, por el contrario,
conducir un viejo utilitario matriculado en San Sebastián. En el primer caso,
aumentaban las sospechas de haber sido comprado con dinero de la Policía
utilizado para pagar delatores mientras que en el segundo cualquier duda quedaba
disipada. No era sino una traslación temporal del imperativo que sintieron
todos los rojos y ateos que en 1939 comenzaron a ir a misa
para disipar cualquier tipo de sospecha sobre sus convicciones morales
privadas. Si el franquismo lo había logrado violentamente, ETA trataría de
hacerlo de la misma manera; a balazos.
A lo largo del
periodo que trata Historia y memoria del terrorismo en
el País Vasco, 1968-1981, decenas de personas fueron asesinadas
tras ser señaladas por el entorno de la banda terrorista. Cualquiera que no
perteneciera a la comunidad nacionalista vasca podía ser objeto de este siniestro
procedimiento que precisó de la colaboración del entorno de las víctimas,
sobre todo de sus vecinos, para lograr sus objetivos. Algunos datos nos
pueden ayudar a tener una idea aproximada de la magnitud de este fenómeno. De
las casi cien víctimas mortales causadas por la banda en 1980, un total de
treinta y una fueron acusadas por ETA de ser confidentes policiales o, sin
precisar mucho más, de colaborar con el «Estado en la represión de Euskal
Herria». Esta caza de brujas también provocó «errores», algunos de
ellos reconocidos por la banda como sucedió tras el asesinato de Ceferino
Peña Zubía. En otras ocasiones, una parte de la sociedad reaccionaba tras
constatar (o creer) que la banda -o sus grupos afines- se había equivocado,
como sucedió el 6 de abril de aquel 1980. A los pistoleros de los Comandos
Autónomos les habían dicho que dos guardias civiles se encontraban en el Bar Biotza de Orio, una información que
resultó ser cierta. Cuando entraron, identificaron a Francisco Pascual
Andreu y creyeron que su contertulio era un compañero del Cuerpo, vaciando
sus armas contra sus cuerpos. Sin embargo, la otra víctima resultó ser el
pescador oriotarra Florentino Lopetegui Barjacoba, cuyo padre estaba afiliado
al PNV. En el comunicado posterior, los CAA negaron haber disparado
involuntariamente y relacionaron a Florentino Lopetegui con la Guardia Civil,
afirmando que colaboraba con ellos. El Ayuntamiento de Orio, gobernado por la formación
jeltzale, convocó un pleno para trasladar a ETA un comunicado de los padres de
Lopetegui en el que negaban que su hijo fuera un chivato, pedían a la banda que reconociera su «error táctico» y
decían perdonar «el error cometido, pero nunca la mentira».
Mas
allá de estos errores, el origen de los asesinados creó una falsa
sensación de seguridad entre quienes eran naturales del País Vasco o Navarra y,
además, poseían apellidos vascos. En cierta manera, los asesinatos selectivos
cometidos hasta finales de 1979 contra simpatizantes de partidos de derechas o
contra familias carlistas que no habían evolucionado durante la dictadura hacia
el nacionalismo vasco, ya habían vaciado de
indeseables y malos vascos
pueblos o comarcas enteras. Cada uno de estos atentados mortales acababa por
afectar al entorno familiar o al círculo de amistades más próximo a la víctima,
extendiendo sobre ellos la sombra de una duda sobre su filiación política y su
comportamiento. Cientos de personas, probablemente miles (nunca podremos
saber el número exacto) se vieron obligadas a abandonar el País Vasco tras
los asesinatos que segaron la vida a todos aquellos que fueron señalados desde
el anonimato por el dedo acusador de los cómplices del terrorismo.
Uno de los
colectivos más afectados por este fenómeno fue el de los taxistas. Entre
1969 y 1985 catorce profesionales de este sector fueron asesinados en el País
Vasco por el terrorismo. Tras cada uno de estos atentados surgía siempre la
misma pregunta: ¿por qué? Se trataba de una cuestión limitada a la incomprensión
por el asesinato de personas que no encajaban en el patrón criminal de ETA socialmente extendido. No eran policías, ni
militares, ni guardias civiles, ni responsables políticos de la derecha no
nacionalista, con la que ni siquiera simpatizaban en la mayor parte de las
ocasiones. Se trataba simplemente de personas con un amplio sistema de
relaciones sociales y justo eso es lo que les convertía en sospechosos a ojos
del nacionalismo vasco más radical. Buen ejemplo de ello fue lo sucedido tras
el asesinato del taxista cacereño y vecino de Rentería Benito Morales Fabián,
cometido por ETA el 2 de octubre de 1980. Todas las crónicas periodísticas
coincidieron en recoger testimonios que negaban o decían desconocer que Morales
tuviera alguna simpatía política definida, no encontrando la explicación que
tan necesaria consideraban. Ante la falta de respuestas, el 4 de octubre el
diario nacionalista Deia informaba de
que a Benito Morales «le fue retirado el carnet de conducir hace menos de un
año y por un periodo de seis meses. La razón de esta sanción tuvo que ver con
un accidente de tráfico a partir del cual resultó atropellada y muerta una
persona». Cualquier sospecha, cualquier coincidencia, cualquier circunstancia
extraña o sancionable a los ojos del mundo abertzale, por absurda que
fuera, podría ser motivo suficiente para sufrir un atentado mortal de estas
características, y lo que es peor, para justificarlo ante un sector importante
de la sociedad vasca.
Sobre todo ello,
sobre la estrategia que llevó a cabo ETA para amedrentar y amordazar a
un sector de la sociedad vasca, escribe Javier Gómez Calvo en el séptimo capítulo de Historia
y memoria del terrorismo en el País Vasco, 1968-1981, el libro coordinado
por José Antonio Pérez Pérez y editado por Confluencias (2021).

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