La forma del agua es la primera novela de
la serie que el multiprolífico escritor italiano Andrea Camilleri le dedica al protagonismo de un policía singular,
el comisario siciliano Salvo Montalbano,
un personaje de ficción que es entre muchas cosas un digno homenaje al gran
escritor español Manuel Vázquez
Montalbán, también un polígrafo desatado, creador a su vez de otra
magnífica serie de novela negra con el detective Carvalho como santo y seña.
Publicada en 1994, cuando Camilleri estaba a punto de cumplir
setenta años, su título oculta como tantos otros en la historia de la
literatura algo que en un momento determinado se explica en el interior de su
relato y que yo he entendido como esa sinuosa
relación entre la auténtica realidad y lo que creemos conocer de ella,
entre la verdad y nuestra sagacidad dañada. No sé.
Montalbano se mueve en un espacio y un tiempo donde existe la
ley y “gente indudablemente relacionada con el orden público pero desde el otro
lado de la ley”. Y ahí se circunscribe, imagino, la serie que comienza con esta
entretenida novela, profundamente simple, simplemente profunda. Ahí, en Sicilia, la patria de la mafia.
Montalbano es un singular personaje capaz de pedirle mentalmente perdón treinta
y tantos años después al cura del que se burló cuando aquél quiso enseñarle que
“la verdad es luz”. Montalbano es perspicaz e inteligente (lo dice un amigo
suyo), y posee un civismo en sus relaciones humanas poco frecuente (también
piensa así de él ese amigo). De Montalbano dice su distante (literalmente,
distante) novia Livia que se ha ascendido a sí mismo “de comisario a dios, un
dios de tercera categoría pero dios de todos modos”. Y lo dice porque este
hombre es un pedazo de pan que se cae de buena persona.
Seguiré leyendo más novelas de él. Señor Camilleri, me ha
convencido. Veinticuatro años después.

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