Recuerdo todavía la ceremonia de aquel descubrimiento como quien recuerda el primer relámpago de juventud que le iluminó la sangre. En Torreperogil, donde el mundo llegaba con retraso y las novedades tardaban lo mismo que una carta de amor escrita desde otro continente, no había tiendas de discos ni escaparates donde asomarse al porvenir. Había que imaginar la música antes de escucharla. Yo pedí aquel EP de Serrat por correo a Edigsa, en Barcelona, como quien solicita clandestinamente una botella con mensaje lanzada desde el Mediterráneo. Durante semanas el cartero se convirtió en una figura casi sagrada; cada día que doblaba la esquina traía la promesa de una revelación. Y una mañana trajo el sobre: humilde, ligero, con el misterio intacto de las cosas destinadas a cambiarte la vida. Al posar la aguja de mi Dual sobre aquellos microsurcos sentí que desde un pequeño tocadiscos entraba de golpe un aire nuevo en España: la emoción limpia, la melancolía elegante y la inteligencia sentimental de un muchacho que ya cantaba como los grandes clásicos, aunque todavía nadie lo supiera.
En aquel primer EP de 1965, cuando el noi del Poble-Sec todavía parecía salir de una fotografía del instituto en blanco y negro, ya estaba entero Serrat. No hacía falta esperar a Mediterráneo para descubrirlo. Bastaban aquellas cuatro canciones para advertir que había nacido un compositor con oído de relojero sentimental y una manera de decir las cosas que convertía la intimidad en un paisaje colectivo. Aquel disco breve, grabado en catalán en plena penumbra franquista, tenía la frescura de los patios humildes y la elegancia moral de quien canta sin impostura.
Ella em deixa era la prueba de que
Serrat había entendido muy pronto que el amor no se cuenta desde la
grandilocuencia, sino desde la rendija por donde entra la tristeza al caer la
tarde. Allí ya estaba el joven que sabía acariciar las sílabas como quien pasa
los dedos por una cicatriz reciente. La melodía avanzaba con una modestia
luminosa, sin aspavientos, y precisamente por eso dolía más. Serrat
descubrió antes que nadie en España que una canción podía ser conversación,
confidencia y literatura al mismo tiempo. Aquella primera composición tenía
la melancolía limpia de los cafés de barrio donde todavía quedaban ceniceros
llenos y esperanzas vacías.
Una guitarra
sonaba como una declaración de ciudadanía sentimental. No era un himno al
artista, sino al muchacho que encuentra en seis cuerdas una forma de defenderse
del mundo. Serrat convertía el instrumento en compañero de mesa, en hermano
silencioso, en refugio contra la intemperie de crecer. Lo extraordinario es que
aquella canción juvenil ya poseía un sentido melódico maduro, una
arquitectura emocional que muchos compositores no alcanzan en toda una vida.
Había ternura, memoria familiar y una música que parecía escrita mirando el mar
desde una azotea obrera de Barcelona. En apenas unos minutos, el futuro maestro
dejaba ver la mano del artesano genial.
La mort de l’avi revelaba algo todavía más raro en un compositor tan joven: conciencia social sin panfleto y poesía sin solemnidad. Serrat miraba al mar y veía en él la dureza del trabajo, la vejez de los pescadores y la tristeza hereditaria de las familias humildes. Había compasión, pero también una dignidad narrativa que emparentaba la canción con los viejos romances mediterráneos. Escuchándola hoy, uno comprende que el gran cronista sentimental de varias generaciones españolas ya estaba allí, entero, con apenas veintipocos años y una guitarra. Muy pocos artistas debutan con una voz propia; Serrat apareció ya con un país entero dentro de la garganta.

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