El primer libro de la escritora española Lucía Solla Sobral es la novela Comerás flores, publicada en 2025. Cuando el jurado del Premio El Ojo Crítico de Narrativa (concedido anualmente por el programa cultural El ojo crítico, de Radio Nacional de España) decidió otorgárselo ese año a su debut dijo de ella que era “una narradora solvente, original y madura”. Sin duda, Solla Sobral es o parece ser todo eso.
Una pista de lo que va la novela (una pista que uno sabe que es una pista cuando ya lleva muchas páginas del libro) es la dedicatoria que abre esta obra. Dice:
“Para las que
todavía estáis en un coche a doscientos kilómetros por hora”.
Comerás flores
comienza así:
“El día en el que
mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a
hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes,
probándome blusas. […] Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que
muriese más”.
La protagonista y narradora de la
novela es Marina, alguien que dice pronto de sí misma tenerle miedo “a todo”; alguien
enamorada de Morrissey (y los Smiths, claro), Hidrogenese, Patti Smith,
gente así, también de El Niño Gusano, Joy Division, Rufus T. Firefly, Sen Senra o
Khruangbin; el tipo de persona que “habla como una imbécil a los perros” (y
tiene uno); una joven que quiere que la quieran “tanto como par que no hubiese
un ojalá sino un ya, nada de cuentas atrás, solo un ahora mismo”; una chica que
no sabe “que el amor podía ser suave y saber a breva” (sic). Esa es la Marina
de la novela. Así es ella (a decir de ella misma).
Solla Sobral alterna una prosa
moderna, juvenil y de literaria soltura con una prosa que no deja nada en
el aire, que quiere ocuparlo todo, lo que cuenta, lo que enuncia y lo que
esconde (“si con sus dientes retorcía la carne de mis muslos, yo esa noche no
cenaba con pan”). Una prosa con la que lo que se nos cuenta es nuevamente el
maltrato indudable de un hombre hacia una mujer (“sabía que había hombres
que gritaban, que controlaban, pero no sabía que era posible enamorarse de
ellos”): de ahí la frase a modo de dedicatoria que antecede a la novela (de la
que sabemos, al final, en las páginas de agradecimientos, que se escribió en
un taller de escritura creativa).
“Durante los primeros días se me cayó el lenguaje y se me pusieron ojos de mar. No encontraba mi idioma ni lo quería buscar para que no me entendieran. Mis piernas eran lentas, estaban nubladas y ásperas. Tres años después la vida fuera había seguido sin mí”.

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