Uno lee libros por diversas razones, para asombrarse es una de ellas. Lo que siguen son asombros provocados por los libros que leo.
Los proselitistas
“—Es verdad que en el mundo hay
muchos proselitistas. Demasiados —dice Tomás, con un deje de enojo en la voz—.
Raro es el día en que alguien no intenta convencerte de algo. Un vegetariano,
un viajero incansable que menosprecia a los sedentarios, un amante del pan
integral frente al blanco, un devoto de tal músico o de tal escritor, un
militante de la acupuntura, de la caza, del whisky con soda o de la carne poco
hecha, y que intentan que cambies tus preferencias por las suyas. De cualquier
menudencia hacen un ideal. Es gracioso y triste verlos hablar tan alto para defender
causas tan pequeñas. Son agotadores. Y aportan tantos argumentos, datos,
informes, estadísticas, y con tal contundencia, que uno no puede sino darles la
razón, pero no parte de ella sino toda entera, porque ellos no se conforman con
menos, con lo cual se hace luego un silencio en el que late la promesa, casi la
evidencia, de una conversión. Son apóstoles, como dijo Santos, misioneros que
van por el mundo anunciando la buena nueva y denunciando a los falsos dioses...
Con ellos no cabe discutir, pero tampoco vale rendirse, porque ellos exigen de
ti un pronunciamiento, la confesión de que, en efecto, vivías engañado, en el
error, y ahora al fin se ha hecho la luz. Recuerdo que mi padre, siendo yo
adolescente, que es una edad tan dada a las creencias, me dio un consejo que no
he olvidado nunca y que llevo conmigo a todas partes: «No intentes nunca
convencer a nadie de nada. Grábatelo bien en la mollera»”.
Luis Landero:
Coloquio de invierno (novela),
2026
El suicidio
“De todas las aventuras es el
suicidio la más literaria, mucho más que el asesinato. Cuando la historia toca
a su fin, toda la mala poesía que una lleva dentro encuentra su vía de escape”.
J. M. Coetzee:
En medio de ninguna parte
(novela), 1977
[arte de José Luis Mazarío]

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