La segunda novela del escritor J. M. Coetzee, publicada en 1977 con el título de In the heart of the country, fue traducida a mi idioma por Miguel Martínez-Lage en 2003 como En medio de ninguna parte. Es, con toda probabilidad, la que menos he disfrutado de cuantas obras suyas he leído hasta ahora, que son ya diez, algunas excelentes, por encima de todas la extraordinaria Desgracia (de 1999, por primera vez en español al año siguiente).
Cuanto leemos nos lo cuenta la
protagonista: “nadie tan extrema como yo”, “una turbulencia amortiguada,
grisácea, como una ráfaga helada que se cuela por los corredores, desatendida,
vengativa”. No es, lo dice ella misma, “una campesina feliz” (en realidad es la
hija de un viudo ovejero propietario de tierras concedidas por el Estado en una
zona desértica de la Sudáfrica del maltrato a la población negra). Sí “algo
incompleto, un ser con una oquedad interior” que algo ha de significar, pero no
sabe qué puede ser. “Una solterona enteca y enloquecida por tanta soledad”,
probablemente no del todo inofensiva.
“Soy un torrente
sonoro que fluye y desemboca en el universo, millares y millares de corpúsculos
que lloran y gimen con crujir de dientes”.
La novela es un vendaval de verborrea
a menudo incomprensible, siempre apabullante, de la que no puede dejar
indiferente a ningún lector, al pretendidamente culto y al lector
convencional: para bien y para mal.
“La tierra está
llena de melancólicas solteronas iguales que yo, perdidas para la historia,
entre negras y azules, como las cucarachas de nuestros hogares ancestrales,
empeñadas en sacar brillo a los cacharros de cobre y atiborradas de mermelada.
Malcriadas y mimadas de pequeñas por nuestros enseñoreados padres, somos
amargas vestales, desperdiciadas de cara a la vida. La violación de la
infancia: alguien debería estudiar de esta guisa el meollo de verdad que
contiene la fantasía”.
El relato de esa mujer (este monólogo
del propio yo es un laberinto de palabras”) cuenta una “estúpida, sombría,
ciega, negra historia, ignorante de su propio sentido y de todas sus
hipotéticas, felices variantes”. Una mujer que dice cosas como que “la historia
es Dios mismo”: resentimiento, puro resentimiento”. Una mujer en una “tierra
desolada bajo la Cruz del Sur” que teme que no existan ni el pasado ni el
futuro y que el medio donde vive no sea sino “un presente eterno”.
De vez en cuando, en medio de todo
ese divagar narrativo, se encuentra uno perlas como esa que argumenta que
“explicar es perdonar; la explicación es el perdón mismo” (algo que la
narradora/protagonista escribe o dice para rematarla con ese “aunque yo, yo
espero y mucho me temo ser inexplicable e imperdonable”). O esta otra que
pregunta “¿a qué cantan los grillos la noche entera y trinan los pájaros al
alba?” ¿Y qué decir de ese “la primera condición de la vida es desear siempre”?
Uno acaba algo exhausto tras leer todo lo de esta mujer ajena a la historia, a la cultura, falta de esperanzas y aspiraciones, sin ninguna concepción moral ni ninguna teleología. Una mujer “corrompida hasta el tuétano por la belleza de este mundo abandonado”.
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