De comienzos de 2026 es Coloquio de invierno, otra novela del gran escritor español Luis Landero. Sí, otra novela. Una más. Un nuevo regocijo lector, que quede claro, esta vez sin rozar la excelencia ni acercársela, pero eso, en la literatura del Gran Landero, ¿qué más da?
Estamos, la acción transcurre, en enero de 2021, cuando la Gran Pandemia, también cuando aquella borrasca llamada Filomena. Nueve personas, los nueve personajes centrales (no únicos) de la novela, ven que la borrasca “ha entrelazado sus vidas” y los tiene en un hotelito de montaña “incomunicados y sin cobertura para pasar el rato con sus móviles”. Algo más propio de un sainete que de una tragedia, dice alguno. El caso es que deciden hacer algo para distraerse “y matar el tiempo”: contarse historias, cosas que bien les hayan pasado o hayan oído o que se inventen, a la manera, refiere uno, de “aquellos jóvenes, también confinados, a los que Boccaccio hace hablar maravillas en el Decamerón”.
Pues eso es este libro de Landero, un
Decamerón español del siglo XXI.
“Yo
creo que todos tenemos algo que contar, y que en el fondo todos tenemos
alma de narradores. A todos nos gusta contar y que nos cuenten. ¿Por qué
ponemos la radio o la televisión, o leemos o vamos al cine? Para que nos
cuenten cosas, reales o inventadas, qué más da. Y si nos pasa algo, estamos
deseando contarlo, y si juramos guardar un secreto, a menudo no podemos dejar
de contárselo a alguien. […] Y todo por la necesidad que tenemos de
contarnos historias”.
Eso admite uno de los personajes de
la novela, y otro apunta que hay quien dice que “vivir es vivir más contar, y
que hasta que no se cuenta lo vivido, con su pequeño añadido imaginario, no
está completa la experiencia vital”. Todo ello confirmado por lo que hace el
recuerdo y lo que hace el sueño: contarnos nuestro pasado. Cuando no lo
contamos “hacia fuera”, asegura otro personaje, lo contamos “hacia dentro”,
para nosotros mismos.
“Pero
lo difícil es contar para fuera, para que te entiendan los demás, y que lo que
cuentes resulte interesante”.
Y en eso los personajes de Coloquio
de invierno son magistrales, contando “para fuera”. Bueno, lo es Landero,
otra cosa es que siempre consigan, consiga, que lo que se cuente “resulte
interesante”. Aquí hay más habilidad, más forma, que encandilamiento,
que fondo. Y, según a quién, eso, cuando leemos, puede importar poco.
“Hay
que confiar en las palabras: ellas saben contar mejor que nadie”.
[…]
Un Luis Landero que aquí vuelve a
dejarnos ese lamento suyo cada vez más hondo contra la desaparición de lo
mejor del pasado:
“Echó una mirada
rápida, panorámica, a la actualidad de su época, y no le gustó lo que vio.
Referentes que unos años atrás eran válidos y respetados —el filósofo, el
escritor, el profesor, el periodista, el político, el propio saber, el legado
de la tradición, las buenas formas, la cortesía, la cordialidad del
diálogo...—, en poco tiempo habían quedado obsoletos, desautorizados, carentes
de sentido, y nadie los echaba de menos, cautivos como vivían casi todos en el
vocerío de la actualidad y de las realidades virtuales. Ahora era el momento
estelar del hablista, del comunicador, del codicioso y del audaz. Hasta lo más
preciado del pasado había quedado como reliquia propia del museo, de la
curiosidad turística, o de pasatiempo para el erudito, pero inservible ya para
los valores y afanes que gobernaban el presente”.
Un Luis Landero que se oculta mal, no
lo necesita, cuando nos deja ver (a través de uno de sus personajes) mucho de
su pesar, especialmente relacionado con lo que fue su actividad profesional
durante tantos años:
“Curso a curso,
había vivido en las aulas el declinar de la enseñanza pública, donde no
había plan de estudios que no agravara el anterior... Y también su entusiasmo
había ido menguando con el decurso de los años, y la rutina profesoral había
hecho presa en él. A lo mejor es que, en efecto, su tiempo ya era otro”.
Asistimos al leer las distintas
historias de Coloquio de invierno a todo un empleo de artes narrativas
en las que se elogia cómo da gusto manejar el tiempo “cuando uno cuenta una
historia, y qué pena no poder hacer lo mismo en la vida real”, donde no hay
desperdicio porque “hay que vivirlo todo, cada hora y hasta cada minuto” (el
tiempo, ese “mar sin orillas”); se explica que en los años de la posguerra
española todavía, en muchos lugares, “se vivía como en la antigüedad”, pues
“allí tardó mucho en llegar el progreso”; escuchamos que “hay cosas que
no se saben nunca, o solo hasta que ocurren y son ya irremediables”; nos
acordamos (todos hemos conocido a ese tipo de gente) que “a veces se tarda más
en contar lo vivido que en vivirlo”; reconocemos que “la mediocridad de hoy
será la nostalgia de mañana”; y aprendemos que escribir bien puede ser “ponerse
y pasar a limpio lo que ya la vida se ha encargado de escribir”, o que “el odio
y el amor mueven el mundo”.
“El
alma humana, ¿quién la entiende? ¿Quién entiende la vida?”
[…]
Este texto pertenece a mi artículo ‘Landero escribe un Decamerón español del siglo XXI’, publicado el 13 de marzo de 2026 en Letras 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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