En 2026, el escritor español Carlos Zanón publicó otra novela de esas suyas, en esta ocasión dedicada a su madre, “mujer extraordinaria y ciertamente muy divertida”, se titula Objetos perdidos y, en comparación con cuanto llevo leído escrito por él, que no es poco y es excelente, no es gran cosa.
Si hemos de intuir algo con las dos citas que sirven de pórtico al libro no sé qué pensar, la primera de ellas es un verso del poeta Félix Grande que dice “yo vivía como la palabra socorro” y la otra una frase del escritor e historiador del arte Valentín Roma: “tiempo en que la gente no se suicidaba, sino que se colgaba de un árbol”.
Luego uno lee la novela de Zanón y…
El protagonista, Álex Gual, es
abogado y toma cocaína: “cada vez menos lo primero y más de lo segundo”. Además
esconde dentro de él a Niño Gordo. Esto va a ser más difícil de explicar. Me lo
salto. Ah, y es dueño de una “masculinidad vieja” y tiene un cáncer, “lento
como un cocodrilo”.
La novela, que transcurre mientras
“sigue la guerra de Putin y la matanza en Gaza”, con Barcelona como
escenario, claro (estamos leyendo a Zanón), va sobre una desaparición, en
realidad sobre la desaparición, sobre desaparecer. Gual, que “se
siente viejo, cansado y adicto”, a quien “la vida le pesa” y pocas cosas más ha
podido aprender de ella, sabe, sin embargo, “mejor que nadie”, nos aclara el
autor, “que para desaparecer primero hay que trabajarse el olvido: hacerlo
hasta que no te recuerden”.
Lo mejor de la novela son los
diálogos. Este, por ejemplo:
“—Nunca
te enteras de nada, abogado. ¿Tú tuviste padre? Presencia de padre, quiero
decir. Alguien que te destete. Que, cuando te caes, te obligue a seguir y no a
darte media vuelta y a la teta otra vez. ¿Tuviste o no tuviste?
—Tuve. Era del
Barça.
—No sé yo,
entonces.”
Este es un mundo en el que a “las
verdades de siempre” no se les hace caso “hasta que ya es tarde”. En el que de
vez en cuando hay que actuar “despacito casi muerto”. En el que no pasa
desapercibido algo que ocurre a menudo: “el poder apabullante de lo bello”. Un
mundo llenos de personajes que se pasan la vida buscándose a sí mismos. Porque,
“a veces, la vida se atasca”. Como en la novela, sin ir más lejos, donde al
autor le pasa como a su protagonista, que “no sabe cómo se hace eso que es
saber qué le pasa a uno”.
Me reconcilia con Zanón leerle cosas
como eso de que…
“Se
oyeron portazos, y más portazos, lejanos, como en aquellos viejos discos de
rock sinfónico llenos de efectos de mierda”.
Me aturde cuando leo cosas como esto
en una novela, aunque a veces eso es el ser de la novela y ese ser tiene algo
que conmueve, algo que no pasa nunca en esta:
“Solo
hay arte si hay maldad. Solo hay vida si hay maldad”.
Aquí “la vida abusa de la muerte y al revés”. Y en eso estuvimos. Sin ser capaces de entrar en la vida de uno de esos que creen saber “cómo ganar a los que siempre ganan”. Sin disfrutar de que Zanón nos cuente lo que le ocurre a la “gente que se pasa la vida esperando el momento propicio, y luego llega y no se da cuenta”. A los tipos a los que les aconsejan que no recuerden lo olvidado. A quienes le hacen escribir al autor eso de que “la vida es un continuo escapar de quien has sido”.

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