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El Cid, una magnífica cicatriz española antes de lo español

Leo a Claudio Rodríguez y me entran unas ganas terribles de llamarle cuatro cosas a El Cid, que nada de esto sabe ni podría.

José María Aznar fotografiado como El Cid por Luis Magán para el El País Semanal en 1987.


El Cid cabalga,
guerrea por su señor:
no por Castilla.
Pepe Carvalho,
intacta su dignidad,
ha renacido.
Carvalho y El Cid
nos llegan del pasado
ya no tan muertos.

Sudor de El Cid sobre un ayer de lanzas y oraciones,
hay una luna helada que mira los cadáveres
y sabe ver en ellos el azar y la urdimbre letal de los días…
Enjambres de voraces minerales en el interior de las corazas herrumbrosas
del día final, alguien pinta una danza macabra,
todo es lluvia y ansia extraña, salvaje malestar de un viento idiota…
Lágrimas de sangre en el rostro siderúrgico de El Cid:
siente como cada una de las cuerdas para Apolo
suben hasta lo más alto para bendecirte con una canción…
La canción tampoco sirve para acercarte el porvenir,
ni siquiera es un delicado bálsamo con el que extirpar el tiempo dañado,
únicamente te devuelve uno a uno los latidos de aquella belleza extraviada.
Sigues siendo tú, El Cid, una magnífica cicatriz española
anterior a la necesidad aquella de Azaña cuando tuvo que explicarnos
que en el pasado no está el futuro,
si acaso en él reposa derrotado cuanto nadie supo arrastrar
hacia las horas del deseo, la paz y la alegría.

[Y, por cierto, Radio Futura fueron el porfinyahemosllegado de mi generación, un orgullo magnético desde el que ser presente y dejar a buen recaudo las llaves del sepulcro de El Cid y su puta madre.]

cuando la nada se rinde
ante las tormentas de Madriz
y El Cid no sabe ya
cómo regresar a Castilla
desde Peñíscola.

Y sin una palabra de Pérez-Reverte.

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