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Camilleri y Montalbano: “cuando existes sin mí” (‘El perro de terracota’)


Camilleri no acaba de conectar conmigo, su literatura, digo, pero Montalbano sí. No sé cómo explicarlo. La segunda entrega de la serie de novela negra con el comisario siciliano Salvo Montalbano como protagonista, El perro de terracota, publicada en 1996, me ha dejado una extraña sensación al leerla y una más rara aún al acabarla.
Noto, percibo el talento literario de su autor, el italiano Andrea Camilleri, pero su escritura no acaba de enredarme en las tramas que hace vivir a su peculiar protagonista, aunque sí logra interesarme profundamente en el avatar vital diario del poli italiano al margen de sus cuitas de investigador. No sé si me explico. La verdad es que me pasa con más detectives salidos de la gran novela negra mundial. Con el griego Jaritos, por ejemplo, otro poli a quien me encanta vivir con él esa vida suya que tiene tan de verdad, tan creíble, tan novelesca y plausible a la vez, pero cuyas tramas profesionales concretas me pasan algo menos desapercibidas que las de Montalbano, pero sin llegar a mantenerme en vilo ni nada parecido. El suspense, la intriga, es lo de menos.

El perro de terracota es una novela pequeña de extensión y quizás en sí misma absolutamente pequeña. Pequeña afortunadamente, pues me priva de esa sensación de falsa literatura de quienes tratan algunos asuntos con una ampulosidad idiota.
Veo crecer a Montalbano en esta segunda novela protagonizada por él.

“Uno de esos días en que alguien que sea propenso a padecer los efectos de los bruscos cambios meteorológicos y los sufre en la sangre y el cerebro, igual se pone a cambiar constantemente de opinión y dirección, tal como hacen esos trozos de latón cortados en forma de bandera o de gallo que giran en todas direcciones en los tejados, al menor soplo de viento.
El comisario Salvo Montalbano pertenecía de toda la vida a esta categoría humana desdichada, y esta condición la había heredado de su madre”.

Y ahora Vázquez Montalbán, damas y caballeros:

“El comisario estaba leyendo una novela negra de un escritor barcelonés que lo intrigaba muchísimo y que tenía su mismo apellido, sólo que castellanizado como Montalbán. Una frase le había llamado en especial la atención: ‘La pistola dormía con su presencia de lagarto frío’ ".

Montalbano… Montalbán, ¿lo pillas?

Seguimos, claro, en Sicilia (“aquella gruta profunda a cielo abierto que es Sicilia”). Camilleri nos exhibe con su abrupta delicadeza literaria a un Montalbano que sigue siendo un personaje literario de tomo y lomo. Un personaje capaz de pensar esto:

“¿Será posible que sólo se me ocurran las ideas cuando estoy en el baño?"


Un comisario que sabe que “el miedo tenía un olor especial: ácido y de color verde amarillento”. Un policía que es herido y llora. Un ser humano, no un mero héroe increíble (sin credibilidad).

“Esperaba el dolor, pero, cuando éste se produjo, fue tan intenso, que no pudo evitar gemir y llorar como un chiquillo”.

Un hombre capaz de decirle a la mujer que ama:

            “Me gusta observarte cuando existes sin mí”.

Un policía siciliano plebeyo pero culto:

“Montalbano apagó el televisor y se puso a silbar la Sinfonía N° 8, Inconclusa, de Schubert. Le salió muy bien y no falló ningún pasaje […] Montalbano, sentado en la galería leyendo por quinta vez Pylon, de Faulkner”.

Seguiré leyendo más montalbanos, aunque sólo sea por leer cosas como esta:

“Las afinidades electivas eran un juego tan tosco como las circunlocuciones insondables de la sangre, capaz de otorgar peso, cuerpo y aliento a la memoria”.

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