Veinticinco obras de arte o pintores, me dice. Yo me pongo lopesca y, aunque José Luis Ibáñez no sea Violante, pienso que “en mi vida me he visto en tanto aprieto”. ¡Veinticinco! ¿Qué hago con todos los demás? Y entonces rizo el rizo, doy una vuelta de tuerca y digo: si es una misión imposible, que lo sea aún más. Quince. Restar, siempre restar: ir a la desnudez extrema.
Bien, allá voy. Sorprenderán algunas ausencias, no sé si también algunas presencias. Al margen de los artistas aún vivos, estos son algunos de los que me tocan el alma: dejadme que hable de ellos a mi manera.
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Giotto, Expulsión de los demonios de Arezzo |
Piero della Francesca (c. 1415-1492). La geometría, la luz, el silencio. Tiene que ser así. La pasión exige escenarios de serena belleza y equilibrio: estalla en el límite exacto del ciprés y la piedra. Piero utilizó la cámara oscura y modelos en barro para desarrollar perspectivas y volúmenes, fue un profundo estudioso de la geometría y la perspectiva, y de todos estos intereses no nacieron pinturas artificiales, exánimes, sino obras vivísimas, de una delicadeza y un rigor extremos. Ante Piero, me postro, guardo silencio.
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Piero della Francesca, La adoración del árbol por la reina de Saba |
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El Bosco, El jardín de las delicias, detalle |
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Giorgione, La tempestad |
Doménikos Theotokópoulos, El Greco (1541-1614). Desde las fuentes bizantinas, en Creta, viaja a través de la pintura veneciana y romana hasta llegar a Toledo. ¿Llegar? Tal vez crearlo. Paisajes y figuras arden desde dentro: es el propio espíritu encendido el que asoma a través de las formas y el color. Las almas pueden incendiarse: El Greco nos lo muestra.
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El Greco, Vista de Toledo |
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Georges de La
Tour, Mujer cazando pulgas [detalle] |
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Diego Velázquez, Las meninas |
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660). Es muy conocida la pregunta que Théophile Gautier hizo ante Las meninas: “pero… ¿dónde está el cuadro?”. En efecto, ¿dónde está? Si solo hubiese pintado este prodigio, bastaría. Pero Velázquez nos ofrece un milagro tras otro. Es la pintura.
Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). Un universo creado por la luz: es decir, por la sombra. La profunda humanidad de Rembrandt, su compasión, su sinceridad, nos conmueven. Imaginamos al artista en sus desdichas y derroches, seguimos sus pasos por puertos y callejuelas, nos reconocemos en la mirada que dirige al espejo a lo largo de toda su vida. Es un hombre: somos todos nosotros.
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Rembrandt, Filósofo meditando |
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Johannes Vermeer van Delft, Vista de Delft |
Jean-Antoine Watteau (1684-1721). ¿Por qué Watteau? Por la melancolía. También podría haber dicho Fragonard, aunque el acento más poético recae en Watteau. Sus fiestas galantes, sus parques, las figuras de espaldas que nos introducen en las escenas, todas las referencias teatrales, configuran un mundo teñido de delicadeza y de contrastes. Se trata de la reivindicación de un rococó que revela, una vez más, la profundidad de lo ligero.
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Jean-Antoine Watteau, Las dos primas |
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Francisco de Goya, Perro semihundido |
Paul Cézanne (1839-1906). El padre de la pintura moderna, le llaman. Así es: antes de Cézanne, después de Cézanne. ¡Todo cambia! Este hombre exasperadamente lento con los pinceles es pintor de pintores y también de quienes no lo somos. En él, como en Piero, tan próximo a él, los volúmenes, la geometría tan amada. ¡El color!
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Paul Cézanne, La montaña Santa Victoria vista desde Les Lauves |
Paul Klee (1879-1940). Soy color, nos dice, y también cristal. Transparencia. Klee mira como un niño: es decir, como un sabio, un artista. Yo creo que posee la magia de despojarnos de nuestra ceguera adulta para volver a ver. “El arte no reproduce lo visible. Lo hace visible”, dijo. Y no solo lo dijo: lo hizo a través de sus pinturas.
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Paul Klee, El globo rojo |
Marc Chagall (1887-1985). El vuelo, por supuesto, los azules, la música, el teatro, el circo, esa mirada de enamorado despeinado. Chagall es la tradición judía, es Rusia y occidente, París y Vitebsk. ¿Qué importan las distancias cuando se puede volar y cantar como un pájaro, arder como el sol en el firmamento?
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Marc Chagall, Gallo rojo en la noche |
Ramón Gaya (1910-2005). Cautiva la sensibilidad de sus pinturas y de sus palabras. Todo en él es milagro: el cristal, la flor, la fruta, son estallidos de luz; la carne es caricia; el sol, la lluvia, el cielo, el agua, sus ciudades, son lugares de donde no se quiere regresar.
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Ramón Gaya, Desde Boboli |
Me habría gustado incluir a Friedrich, a Turner, a Matisse, a Dufy, a nuestro Pinazo, ¡a tantos artistas! Pero me detengo aquí, cierro mi boca o, más bien, cesan de escribir mis dedos. Que me disculpe Lope de Vega por cambiar la cifra: “contad si son quince, y está hecho”.
Esta maravilla fue publicada el 16 de noviembre de 2016 en la revista Anatomía de la Historia, que yo dirigí.
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