Dijo un anciano líder político que lo que peor llevaba de su condición nonagenaria era la sensación de haber perdido a todos los que le habían acompañado durante su vida. Creo que empiezo a entenderlo. El cine de Adolfo Aristarain ha formado una parte esencial de mi formación estética y, por qué no, de mi mapa moral. Hoy, más que la pena por la desaparición de alguien querido, experimento el dolor de saber que ya nunca veré estrenar otra película de Aristarain.
Empecé a saber de la trascendencia de este autor con Un lugar en el mundo, quizá la última gran obra maestra que ha realizado el cine en lengua española. Después vinieron cosas tan imponentes como Martín Hache, Lugares comunes y Roma. No me olvido de Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima, films anteriores que recuperé más tarde.
Firmé un artículo para una revista
que llamé ‘El factor humano en el cine de Adolfo Aristarain’. Fue en
cierto modo un ajuste de cuentas conmigo mismo. Estudié a los estructuralistas,
a los posmodernos, al marxismo ortodoxo, a los hermenéuticos… Una noche, viendo
una peli de Aristarain, me di cuenta de que había creído alegremente poder
prescindir de eso a lo que tradicionalmente se ha llamado el humanismo
como un odre envejecido que ya no sirve para guardar los nuevos vinos. Me
equivoqué. Al final, he entendido que el coraje para enfrentarse a los amos
del mundo, que son por cierto siempre los mismos, aunque cambien de cara, es lo
que hace una vida digna de ser vivida.
En las películas de Aristarain la
gente habla. Y habla mucho. Dice lo que piensa, exhibe sus contradicciones,
expone su dolor y sus frustraciones. No hay cinismo ni exhibicionismo,
Aristarain es extraordinariamente honesto cuando crea.
Hablaban Marx y Engels del valor de
uso como aquello que se debía proteger frente al valor de cambio. No hay
izquierda si no entendemos eso. Explicó un siglo después Karl Polanyi
que el poder siniestro del capitalismo consiste en convertirlo todo, hasta lo
más inimaginable, en mercancía.
El cine de Aristarain va de eso. Pero
no es, no exactamente, un cine de denuncia ni se dedica a regodearse en las
lágrimas de las víctimas y la maldad de los depredadores. Y claro que hay
depredadores. La empresa Tulsaco, epítome de la multinacional destinada a
deshumanizar el mundo, aparece en varias de sus películas.
Algunos de mis momentos más
inolvidables del cine provienen de este señor. Los consejos de una majestuosa
Susu Pecoraro a su hijo Joaco, el hay que follarse a las mentes de
Poncela a Martín Hache, los consejos del profesor recién cesado en la
Universidad de Buenos Aires a sus alumnos mientras, por primera vez, les deja
fumar en el aula, la despedida de Hans y una Cecilia Roth inconmensurable, la
borrachera de Federico Luppi con Pepe Sacristán… Puedo seguir.
Se habla mucho en las pelis de Don Adolfo. Gracias a Dios se habla. Deberíamos hacerlo más, aunque no conseguiremos su brillantez. Hay que follarse a las mentes.

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