Ir al contenido principal

La aventura de vivir en una novela de Andrés Ibáñez

De 2014 es la séptima novela del escritor español Andrés Ibáñez, su noveno libro, el primero suyo que leo atraído por su reconocida calidad literaria, Brilla, mar del Edén, una caleidoscópica novela de aventuras que aparenta querer explicar eso que es el mundo, eso que la vida es. Un volumen voluminoso para adentrase en el cual hace falta mucho más que buena disposición. Pero el viaje merece la pena. Casi siempre. Mucho.

Brilla, mar del Edén se alzó con el Premio de la Crítica de narrativa castellana que otorga cada año la Asociación Española de Críticos Literarios (AECL).

 

“Muchos afirmarían más tarde que habían visto la isla desde lo alto unos minutos antes del accidente. Esto significaría una altura de unos diez mil metros, aunque es posible que el avión llevara ya un rato descendiendo. No lo sé. Yo no la vi. El hecho es que en un cierto punto del viaje, cuando nos encontrábamos en medio del océano Pacífico, calculo que cerca del meridiano 170, los sistemas eléctricos del avión dejaron de funcionar”.

 


Así comienza Brilla, mar del Edén. Pero para que nos hagamos una idea de que la literatura de Andrés Ibáñez no tiene nada que ver con lo que uno imaginaría de una novela de aventuras o con eso que llamamos, no siempre con acierto, bestseller, leamos esto:

 

“En ese momento, todos los nombres de Dios sonaban igual, todos sonaban como el nombre de un perro lejano, un perro gris que se volvía a mirar, vagamente asombrado de lo que había hecho”.

 

Porque la principal aventura que vivimos como lectores al leer la novela es la aventura de la literatura. En todo su esplendor.

El protagonista, un español afincado en Estados Unidos, profesor universitario y compositor musical, llamado Juan Barbarín, narrador de cuanto leemos (“me resulta difícil llevar la cuenta de lo que he dicho y lo que no”), leía en el momento del violento amerizaje cerca de una isla del Pacífico una novela de Pascal Quignard. No digo más. Y lo primero que percibe tras el accidente es algo así como “el silencio del fin del mundo, o del principio del mundo”, algo como “el silencio del paraíso, o quizá el silencio que hay en el país de los muertos”. Esa es la isla donde ha ido a parar junto con otros pasajeros del avión siniestrado (que se trasladaban desde Los Ángeles hasta Calcuta), víctima de un problema de electromagnetismo. Juan Barbarín, un mujeriego a quien “casi todas las mujeres le resultan irresistibles”, que cree “que las mujeres sacan lo mejor que tienen los hombres dentro” y “son la luz y la música de la vida”; en cuyo temperamento no está “poner al espíritu por encima de la carne”, ni sabe cómo distinguir al uno de la otra; que considera que el sentido que tiene nuestra vida “se lo damos nosotros” y al cual le producen “un profundo desasosiego” todas esas personas “que están completamente convencidas de algo y poseen unas leyes internas, sean cuales sean, de acuerdo con las cuales actúan en todo momento”. Alguien que en la isla se hará consciente por vez primera “de la realidad del dolor humano”, que considera que las explicaciones de la ciencia, por mucho que su mente sepa “que son ciertas”, siempre le parecen “totalmente increíbles y fabulosas”. Alguien incapaz de separar lo físico de lo espiritual, lo sentimental de lo sensual.

 

“¿Éste era, pues, nuestro planeta, una especie de estrella de fuego sobre cuyo endeble y casi inexistente epicarpio una finísima «biosfera» de bosques y océanos era el frágil escenario de esa aventura de homínidos, robles y ballenas que llamamos vida?”

 

Uno de los personajes (no es el único famoso) que naufragan en la isla es Roberto B., trasunto evidente de Roberto Bolaño. Parte de este juego literario que acaba por ser la novela. Profundamente intelectual, el juego. Profundamente intelectual, la novela. Una novela sobre “el esplendor y la miseria del mundo”, sobre “el ruido y la gloria del mundo”. Roberto B. considera, por cierto, que cuando se narra, cuando se cuenta, cuando se escribe “no es posible inventar”, pues la imaginación no es capaz de hacerlo. Y, como apunta Barbarín/Ibáñez, “qué inútil era todo aquello, qué desolado, que inútil”, mientras el dolor y la muerte está ahí junto a todo.

La novela de Andrés Ibáñez no deja de ser, nada más y nada menos, un reflejo del enfrentamiento tenaz y desbordante entre “la cultura, la belleza, la reflexión, la espiritualidad, la huida del mundo, el temor a mancharse con el fango de la vida” y “la acción, la ciencia, la realidad”. La vida de la acción y de la ciencia frente a la de la reflexión y el arte.

Tardamos en caer, en darnos cuenta de que lo que es Brilla, mar del Edén finalmente es lo que son la mayoría de las novelas, de las canciones, de las películas: una historia de amor. Una maravillosa y tremenda historia de amor. (Ahí lo dejo). También una celebración de la música (digamos la llamada clásica), especialmente centrada en la obra decimonónica del austriaco Anton Bruckner, más concretamente de su Octava sinfonía (“la música más hermosa jamás escrita”), con su adagio como bandera. La música, cuyo lenguaje, al igual que el de la naturaleza, ha sido creado por Dios para que nos comuniquemos con él.

 

“La música, según Adorno, debía ser áspera e incómoda porque de lo contrario se convertía en un arma de explotación del individuo. ¿Se pueden decir tonterías más grandes?”

 

¿Brilla, mar del Edén es de esas novelas en las que uno siente al leerlas “cómo es la vida” o de las que uno siente “que así es como debería ser la vida”? Creo que no es de ninguno de los dos tipos. No, no lo es. Es una novela de las que se siente al leerlas cómo debería ser una novela.

 

“Algunas veces, muchas veces, los libros son mucho más hermosos que la vida”.

 

Bolaño no es el único escritor que aparece en la novela. También J. D. Salinger. Y Thomas Pynchon, de quien, por cierto, Andrés Ibáñez tiene escrito un libro dedicado a su literatura. Salinger y Pynchon son personajes de Brilla, mar del Edén. Ya sabes, lo de la metaliteratura. Lo de la literatura dentro de la literatura. A ver si, al final, los libros no tratan todos sobre fantasmas, como un personaje le dice a Salinger que decía James Joyce, y de lo que van a tratar es sobre lo que la literatura es.

Claro que, por aparecer, aparece en la novela Shoko Asahara y su secta Aum Shinrikiyo, los del gas sarín en el metro de Tokyo; también un autómata que funciona por medio de la inteligencia artificial; sicarios mexicanos actuando como sicarios mexicanos… En el interior casi enciclopédico de Brilla, mar del Edén hay varias novelas.

Y preguntas, muchas preguntas.

 

¿Es posible vivir en este mundo y estar limpio?

 

En este mundo, en el que “el dolor nunca pide permiso”.

En este mundo en el que la vida humana, donde cuanto vivimos y comprendemos es fragmentario, no es más que una serie de “grandes trozos de tiempo flanqueados de sueño y oscuridad”. Una “realidad asombrosa”, una “aventura incesante”.

 

“Una aventura cuyos episodios no cesan de cautivarme. Un gesto que siempre me conmueve y me intriga. Un sendero bajo los sauces. Una historia de amor en medio del mundo. En medio del ruido y del polvo del mundo”.

Comentarios

Grandes éxitos de Insurrección

Esa novela de la que habla todo el mundo: La península de las casas vacías

Échame a mí la culpa, (no sólo) de Albert Hammond; LA CANCIÓN DEL MES

Los cines de mi barrio (que ya no existen)