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Francisco J. Leira Castiñeira nos trae la memoria de la Transición

El quinto libro del historiador español Francisco J. Leira Castiñeira (alguien consciente del “carácter coral que tiene la escritura”) fue publicado a comienzos de 2026, se titula Retrato de la Transición. La memoria que escondimos en el desván y es un ejercicio saludable y necesario de historia oral (que ya había utilizado el autor en su libro cuatro años anterior Los Nadies de la guerra de España), un volumen que entra directamente a formar parte de la bibliografía imprescindible sobre la transición desde la dictadura del general Franco (y los vencedores de la Guerra Civil que ellos mismos provocaron) hasta la democracia que los españoles nos dimos (y debemos conservar a toda costa todavía hoy).


Los cincuentainueve entrevistados (“protagonistas y testigos”, como dice el periodista Joaquín Estefanía en su prólogo) por el autor facilitan testimonios muy útiles para el conocimiento de aquellos tiempos, testimonios cuya eficiencia historiográfica, no obstante, solamente coge vuelo gracias a la calidad analítica de aquél, de su saber hacer historiográfico. Periodistas, diputados, abogados laboralistas, sociólogos, ministros, juristas, historiadores, militares, politólogos, artistas, filósofos, presidentes del Gobierno… Por mencionar diez de los testigos que aportan sus recuerdos y conocimientos vayan estos diez nombres: Cristina Almeida, José Álvarez Junco, Iñaki Anasagasti, Xosé Manuel Beiras, Manuel Campo Vidal, Iñaki Gabilondo, Raúl Morodo, Fernando Ónega, Miquel Roca o José Luis Rodríguez Zapatero. Pero admitiendo que todos ellos, los 59, son personalidades de reconocida presencia pública en los años que se estudian en el libro.

El propio autor tiene un especial interés en dejar claro que con esta obra no ha pretendido “juzgar a quienes consideran la transición un modelo exitoso ni a quienes la interpretan como una imposición de los poderes franquistas”. Algo muy de agradecer. Al fin y al cabo, este es el trabajo de un historiador. Y es bien sabido que el historiador no es un juez.

Bienvenido sea este libro si sirve tanto para dejar de pensar en aquellos tiempos como algo sagrado como para no dejar de tenerlos por lo que fueron: unos años en los que en España ocurrieron unos determinados hechos durante los cuales se pasó de una dictadura a una democracia debido a determinadas causas que dieron como resultado una sociedad civil que comprendió esa democracia de una manera no demasiado consciente, tampoco excesivamente crítica y, con seguridad, no del todo justa.

 

 

[…]

 

Lo que se produjo durante el período de tiempo al que los historiadores llamamos Transición fue el regreso de los españoles, tras décadas de dictadura, a la democracia. Para el autor, “el principal mérito de este modelo de reforma es que fue capaz de conjurarse para hacer frente al riesgo de una involución autoritaria como la del 23 F, pero dejó abiertas cuestiones fundamentales: el encaje territorial del país, la Jefatura del Estado, la aplicación efectiva de los derechos sociales, la reparación de los represaliados de la Guerra civil y del franquismo…”. Me parece que lo que hace aquí Leira Castiñeira es saltarse esa máxima que antes le habíamos otorgado como aval de historiador auténtico al actuar como un juez del pasado, como si no tuviéramos los historiadores suficiente con comprenderlo y explicarlo para entender mejor el presente. Y eso que en un momento determinado del libro podemos leerle que “la Transición no fue un relato lineal ni unánime, sino un proceso complejo y lleno de contradicciones”.

No deja de ser tremendamente convincente el autor, eso sí, cuando nos habla de esa imagen luminosa con la que a menudo algunos presentan el periodo en cuestión:

 

“Para muchos, tanto para quienes participaron activamente en la transformación como para quienes la vivieron desde posiciones más periféricas, la Transición se convirtió en una experiencia casi epifánica. No es extraño pues que una parte significativa de esa generación quedase hechizada por la imagen que emergió del proceso. Como ocurre en la novela de Oscar Wilde, de esa etapa histórica se hizo un retrato idealizado, juvenil, armónico, perfecto, que con el tiempo se guardó cuidadosamente en el desván de la memoria colectiva para evitar que se deteriorase”.

 

Existe, sí, una narrativa dominante basada en la idea de un consenso pacífico que otorgó a la Transición su carácter modélico, la cual “no solo fue preservada sino también sacralizada, y sus símbolos principales (la bandera, la monarquía y, una vez aprobada, la Constitución, e incluso alguno de sus protagonistas) adquirieron un carácter casi litúrgico”. Símbolos que, en las primeras siguientes décadas, se evitó reformarlos e incluso cuestionarlos con la excusa de “la fragilidad de una democracia joven que aún necesitaba consolidarse”, un “argumento más emocional que racional” que “sirvió sobre todo para imponer un pacto simbólico: no mirar demasiado de cerca el retrato, no tocarlo, protegerlo, significaba proteger la legitimidad del presente y así fue como se consolidó esa imagen luminosa de un país moderno, europeo, democrático y culturalmente vibrante”.

Sí es fácil estar de acuerdo con que “existe un desfase entre mito y presente, entre el retrato y la realidad”, pue “una democracia que no se actualiza es una democracia que envejece, pero explicar por qué y, sobre todo, cómo tuvo lugar todo aquello debería ser suficiente para comprender que, finalmente, se diera ese desfase.

 

[…]

 

Sobre el llamado pacto del silencio y la tan cacareada equidistancia también podemos leer en esta obra. Aquél, el pacto de silencio, “no fue un acuerdo explícito entre todos los sectores sociales, sino un compromiso tácito entre las élites para impedir que los traumas históricos se convirtieran en arma arrojadiza”; de manera que “lo que se produjo fue una desactivación del pasado” y, así, la Guerra Civil “se presentó como una locura colectiva, como una tragedia sin responsables claros, como el producto de una maldición que al parecer condenaba a los españoles al enfrentamiento”. Semejante relato (diríamos hoy) sirvió para “diluir culpas y posponer preguntas incómodas: la prueba es que según el CIS un 45% de los españoles seguía teniendo todavía en 1989 una posición equidistante sobre el franquismo”.

Es especialmente útil y relevante cuando en el libro se habla de la actual extrema derecha española en el contexto del análisis de aquel periodo. Leira Castiñeira considera que el descontento con las instituciones ha sido capitalizado por aquélla, la cual “enarbola la bandera de la antipolítica con posiciones xenófobas, homofóbicas, machistas y autoritarias”. Estoy con él cuando expone que no es este el momento “para luchas generacionales que no conducen a ningún sitio”. En efecto, “no necesitamos enfrentarnos entre quienes ya lucharon y quienes quieren luchar ahora por obtener más libertades colectivas”, pue lo que debemos entender es que si en algo “estamos de acuerdo es en que queremos un estado de derecho moderno, plural y vanguardista que sea un referente a nivel mundial”. Algo que únicamente alcanzaremos si miramos de frente por fin el retrato de aquellos tiempos, los de la Transición, “y decidimos qué queremos ver reflejado en él”. Un objetivo para el cual es “imprescindible cultivar una empatía intergeneracional que permita comprender los contextos históricos desde los que se ha actuado”, ya que “ante el empuje de la extrema derecha estamos obligados a fortalecer nuestras instituciones y crear una conciencia democrática basada en la defensa de los derechos humanos y ambientales para conseguir un desarrollo sostenible”. El autor de Retrato de la Transición concluye que es con la palabra, con la educación y con la crítica a nuestro pasado con lo que “podremos detener una fuerza basada en el descontento social hacia unas instituciones que quizá se han separado de la realidad ciudadana”.

 

La manera en que el autor cierra este libro necesario es sublime, de una categoría ciudadana, civil, maravillosa. Despido este texto con ellas.

 

“La defensa de la democracia no puede entenderse como el patrimonio exclusivo de una época ni de unos protagonistas concretos, sino como un esfuerzo colectivo, inacabado y permanente que nos compromete a todos: a quienes la construyeron, a quienes la habitamos y a quienes la heredarán. Por eso sería profundamente injusto y paradójico que la generación del 78, que luchó con valentía para abrir espacios de libertad y participación, se convirtiera ahora en un obstáculo para la transformación que reclama la generación actual y que reclamarán las generaciones futuras. La democracia no se defiende únicamente en el presente ni se blinda con candados forjados en el pasado. Es ante todo un legado vivo, un regalo frágil y valioso que solo sobrevivirá si quienes vivan en este país dentro de más de 50 años se sienten también llamados a protegerlo, ampliarlo y renovarlo. El objetivo de este libro no es fortalecer la democracia actual, sino alertar de que la forma más honesta de actualizarla consiste en mostrar el retrato que hemos guardado en el desván”.

 

Este texto pertenece al artículo ‘Retratar la Transición para defender la democracia’, publicado el 9 de febrero de 2026 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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