La cuarta novela del escritor español Luis Mario apareció en 2025, se titula Calabobos y es extraordinaria. Y breve.
La voz de su narrador, del narrador de Calabobos, inunda (nunca mejor dicho) esta pequeña novela (delluviaydenorte) de su peculiar manera de contar, de hablarnos, peculiar por lugareña, por ser tan de aquellas tierras de la Cantabria marítima en torno a la villa marinera donde nació mi madre, donde nació el propio autor, Suances, que no se menciona y que no aparece en momento alguno en todo el libro porque no es de Suances de lo que quiere hablarnos Luis Mario sino de un mundo humedecido por la lluvia incesante de la desgracia y la escasa maravilla que el mundo les brinda a sus habitantes desnortados en el norte ese que es como un lugar inventado, que para eso están las novelas, que para eso esto es una novela. Para bien y para mal. Sobre todo para bien.
La única manera de establecer el
ámbito donde tiene lugar Calabobos (aunque a veces pareciera que estamos
cerca de la playa de Los Locos de su Suances natal: “pa ver a los de las tablas
como s’encaraman a las olas y si tiran pa bajo como los locos, como si no
tendrían miedo al mar”) es prestar atención en la lectura. Por ejemplo, cuando
en el libro se dice que “desde’l acantilao se ve la costa, que frente a nuestra
casa, frente a este puebluco, en este lugar, está quebrada, con cortes de rocas
que entran hacia el mar, como cicatrices de olas”. Pues bien, recientemente se
ha generalizado un topónimo en la costa central de Cantabria que incluye las
costas de los municipios de Santander, Santa Cruz de Bezana, Piélagos, Miengo,
Suances, Santillana del Mar, Polanco y Camargo y ha sido reconocido por la UNESCO
e incluido en la lista de geoparques mundiales. Su nombre: Costa Quebrada.
El narrador nos cuenta en esencia la
vida de su hermana Mariuca (que “nació de muchas maneras, y en ninguna
acertó”), de quien la madre de ambos nos dice (se dice a sí misma) esto:
“Esta pobre
criatura, me la trajo el mar. Como a la virgen una paloma. Se la arranqué al
mar. Y lloro porque algún día me la arrancará de mí. Lloro porque algún día se
la volverá a llevar. Mariuca, mi corazón, desgracia mía. Ya no sé cómo buscar
maneras pa quererte”.
Si reproduzco el título de cada uno
de los tres capítulos, de las tres partes del libro, te harás una idea cabal de
su ámbito: ‘En el norte la lluvia no suena al caer’, ‘En el norte la
lluvia no moja bajo el agua’ y ‘En el norte la lluvia empieza justo
después de parar de llover’. Si, además, te explico lo que quiere decir el
título de la novela estarás totalmente integrado en la misma (y calado), pues calabobos
es esa ‘lluvia pertinaz’ tan propia de Cantabria sin ir más lejos. Y calabobos
es la manera habitual de la gente de Cantabria (y cada vez en más sitios) para
llamar a lo que en otros lugares llaman chirimiri, orvallo, garúa, etcétera,
etcétera.
Quien narra, la persona que nos
cuenta lo que quiere contarnos, escribe como habla, y ese hablar es el propio
de una tierra que conozco bien, la de la Cantabria costera, un habla que usa
(cada vez menos) expresiones como “la mi pobre Mariuca” (en lugar de “mi pobre
Mariuca”), alteraciones constantes en el uso de algún tiempo verbal (tales que
“es como si Mariuca tendría”, en lugar de “es como si Mariuca tuviera”, “se
bajaba por percebes o por lo que habría”, en lugar de “… por lo que hubiera” o
“como si lloverían trozos de cielo” en vez de “como si llovieran…”),
eliminación (al gusto) de las preposiciones de (“tenía la garganta llena
algas”, en vez de “… llena de algas”) o por (“cuando yo salgo a
percebes”) o a (“mi madre, la mi pobre, una bendita, no sabe lo que la
quiero; y cómo cojones va saber si nunca la dije”), el empleo del sufijo uco
para formar diminutivos y despectivos a partir de adjetivos y nombres (“nuestra
casuca es pequeña pequeñuca”), el uso de palabras como nin (que hasta
hace poco siempre había creído que era propia de la gente de Suances), rutar,
prao, mamársela (con el sentido de ‘cargársela’, ‘asumir las
responsabilidades de algo mal hecho’: así, “como te oiga el Viejo te la
mamas”), sincio, chisme (con el significado de ‘secreto’ o
‘cotilleo’), trisca (para ‘los que dan la lata’, ‘la gente cansina’ y,
por extensión, lo que sueltan cuando se ponen pesados), lumiago, mañas
(‘mimos o quejas infantiloides por asuntos sin importancia’: “haciendo
mañucas”), riba (por ‘arriba’: “hasta aquí riba tuve que subirlo”), onde
(por ‘donde’: “las rocas onde se mató Chanín”), pindio; o locuciones
como llevar a cuchus (en vez de ‘llevar a la espalda, llevar a caballo a
alguien’).
“La casuca nuestra
está encima d’un acantilao desde’l que también podemos ver el mar, aunque
apenas lo miramos. Yo nunca lo miro, más que cuando quiero bajar por percebes y
mejillones y entonces sí que lo miro, pero esperando verlo bien lejos. Yo nunca
lo miro aunque sí que lo escucho. Cagondios nin, pa no escucharlo”.
Aquí se dan las mujeres dominadas por
sus maridos en aquellos tiempos que afortunadamente no son ya estos, aunque sí
siguen siéndolo en algunos casos. Y esa creencia de que “en el norte el viento
sur vuelve a la gente loca”.
“Qué va a saber ya uno de lo que es
verdá y lo que no…”, le leemos al narrador, consciente de que lo importante es
contar y que nos cuenta de los guardias civiles (que habían sido en su momento
“los más brutos de la escuela”) conchabados con los narcos; o de sus recuerdos
de cuando era un crío y “apenas había cuatro casas en este pueblo y ahora lo
menos hay mil, levantadas en bloques de pisos que esperan vacíos que llegue el
verano pa llenarse”.
“Porque somos más
duras las personas en el norte que la hostia, dicen, y eso no s’hace a base de
tormentas ni chaparrones. Eso es esta lluvia, que llueve de lao y llueve
p’arriba y esta puta lluvia, pocuco a pocuco, que se va metiendo hasta los
huesos pa encharcarlos, que te empoza hasta las tripas y entonces luego caminas
y ya ni te enteras. Ni te enteras que está lloviendo hasta que para. Y como si
eso iría a pasar algún día”.
Ese narrador que a veces pierde la
cuenta de lo que cuenta. Y va y lo dice.
“Si yo creo que
esto ya lo dije. Sí, yo creo que. Cagonsos, que ya no sé ni a lo que estoy,
cojones”.
El personaje de Mariuca (que suda agua salada “como cualquiera pero la suya, su sudor, olía a mar”) es lo más logrado de todo este pequeño edificio literario que Luis Mario ha construido como arañazos a su manera hermosos. Ella recita, desde su singularidad de ser humano especial, cosas como que “en el norte los hombres / no llevan flores a los /muertos”, o que “en el norte la mar es un dios / si es que existiera un dios en el norte”. O le dice a su hermano, el narrador, que va y nos lo cuenta, que “mirar al mar es la única manera de mirar cerca y lejos al mismo tiempo”.
De esos versos impresionantes salidos
por la pobre (y deslumbrante en su insignificancia de ser único) Mariuca dan
buena cuenta estos:
“En
el norte la
muerte siega con
su dalle oxidado
la
hierba
criaturas
sordas
antes de que
la muerte
me encuentre
debéis saber que
En el norte la
muerte
es un hombre”.
Lee a Luis Mario despazuco, aunque a
veces no esté “pa narrar hostia”. No siempre te habla al escucho, a menudo te
grita. Pero merece la pena estar a lo que cuenta de su Tierruca (bella “a pesar
de todo”).
Y la lluvia.
“Y como pa no”.


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