Me entero por mi amigo el escritor, el crítico, el poeta, el ser humano que es Manuel Rico de una anécdota en la que otro poeta —a quien él mismo le escribiera, le dedicara un par de poemas— jugaba a menudo al dominó con gente de su barrio y que esos compañeros de partida solamente supieron a su muerte que con quien ellos movía aquellas fichas era un auténtico gigante de la palabra y la magia de los versos.
Y entonces me veo obligado a escribir un cuento, un breve cuento. Este
cuento.
El que la piensa la caga.
Suena el dicho como un latigazo de seda metálica en el bar a aquella hora
de la tarde, casi noche ya.
Yo no lo hubiera dicho mejor.
Contesta otro de los de la mesa.
Los que no juegan miran y dan tabaco.
Sentencia sin venir a cuento un tercero de los jugadores.
El cuarto sigue mudo con la colilla moribunda en el lateral de sus labios
casi porcinos. Mirando, tres hombres más, sentados con los respaldos de sus
sillas bajo sus manos viejas de viejos recientes.
En la barra el camarero hace muy bien de camarero. Lleva interpretándose a
sí mismo casi treinta años.
La partida está a punto de finalizar. Huele a dominó, a puro, a Ducados y a
orujo y a cubalibres de Dyc. El dominó suena y huele.
Es que tú todo lo dices muy bien, Blas.
Blas pone una de sus últimas fichas sobre la mesa y la música del golpe
seco parece acompañar la frase anterior. Eso y el humo de su cigarrillo.
Lo demás sobra.
Les dice a los otros, como si supiera lo que es ser hombre.
Entre los historiadores especializados en llevar a cabo una reivindicación
del pasado español se encontraba Fernando García de Cortázar, que en
2021 publicó Y cuando digo España. Todo lo que hay que saber, donde
hablaba entre otros muchos asuntos de “la patria del alma que los poetas nos
han confiado con su cántico universal de amor a la tierra, a Dios y al hombre,
roto el olvido del tiempo y la disparidad de las lenguas”. Los poetas que
nombraba explícitamente eran Marcial, Ibn Hazm de Córdoba, Ibn Gabirol, Gonzalo
de Berceo, Ausiàs March, san Juan de la Cruz, Espronceda, Manuel Machado, Jaime
Gil de Biedma y Blas de Otero.
Mi osadía ¿poética? me llevó a escribirle a Blas de Otero estos versos:
cuando cayó / no se arrepintió el poeta, / si hubiera callado / habría sido
otro cantar: / Blas, estabas en todo; / De Otero, aún no te hemos olvidado
Reproduzco ahora uno de los poemas de Rico dedicados a De Otero, el
titulado ‘El poeta delgado’ (incluido en su poemario Donde nunca hubo
ángeles, publicado en 2003):
“Cuentan las crónicas que aquel poeta
de extrema delgadez y cabellos de nieve
jugaba al dominó.
En el bar de las siestas y las tardes de tiza,
con sus dedos exiguos cansados de palabras
tanteaba la urdimbre de los números simples.
Aquel poeta
fumaba con exceso y en el humo
empastaba la historia que nos fue arrebatada
y vivía en la niebla de tabaco y penumbra
la soledad helada del granito, el sueño
delgado de los que nunca sueñan,
la posesión herida del lenguaje.
Hoy lo recobro en este fotograma
de la memoria entusiasta y del deseo intacto:
mayo crepita de claridades rojas: es la Casa
de Campo y el poeta ha acudido
a respirar el sueño, a contemplarse
en el espejo aturdido del nosotros, tú lo ves
en el centro del corro, y él no canta
quizá porque en sus ojos
hoy no navega la canción sino un pabilo
de tristeza: acaso
se piense enfermo, envejecido, y tú lo ves
dolorosamente cano, delgado hasta lo infame,
la piel buscando el hueso
donde tiembla el abismo.
Pero sonríe. El poeta delgado
nos mira ausente y nos sonríe
con la mirada hueca —quién sabe qué palabras
ha advertido en el aire, o tal vez sólo sea
la borrosa luz del Guadarrama, un sueño
de purísimos ríos, de cumbres solitarias y ciervos desbocados
para curar su pecho
severamente roto, o quizá viejas iras
en nuestra voz más joven, tanto como esa fruta
que una mano le ofrece
entre enseñas que el tiempo declarará vencidas—
mientras la luz derrama
oros debilitados en los viejos pinares.
Oyes
su silencio de tierra. Escuchas
su latido de viento en sus ojos de tierra.
¿Por qué
ves tierra en sus ojos y no la crepitación
oscura de su voz de llama?
Recuerdas hoy
aquellos ojos duros, recuerdas
haber adivinado
un resplandor de ausencia en esos ojos duros, una
rara quietud y hoy sabes
que el poeta delgado
no te miraba, sus pupilas
no miraban a nadie,
traspasaban la luz y las banderas,
iban en pos del hueco y la ceniza, acaso
habían entrevisto el territorio
del musgo y del silencio, de las flores exangües,
de la muerte sola”.


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