Vamos a adentrarnos en una aventura utópica que ya no es literaria ni filosófica, sino que fue el resultado de un proyecto real que se llevó a cabo durante más de un siglo. Y, como todos los proyectos sociales de este tipo que se han llevado a la práctica, tuvo sus defensores y sus detractores. En cualquier caso, debe tener su lugar en una historia de la utopía, porque se puede considerar el primer intento moderno de llevar a la práctica real una utopía comunitaria.
Ocurrió hacia el año 1610, en los territorios
españoles de América, fundamentalmente en tierras que hoy pertenecen a los
Estados de Argentina, Paraguay y Brasil. La Compañía de Jesús fundó unos
pequeños Estados o ciudades llamadas «reducciones», que en el castellano de la
época podría traducirse como ‘comunidades’. Las reducciones jesuíticas fueron
un proyecto de construcción de una sociedad cristiana, justa y equitativa,
habitada exclusivamente por indios mayoritariamente de la etnia guaraní. La
base de este proyecto utópico-político y evangelizador radicaba en la creencia
de que los indios guaraníes eran puros, porque no habían padecido la mácula de
la civilización europea. Esta idea del buen salvaje pasará a Rousseau, quien
articulará filosóficamente la idea de que el salvaje y el niño son espíritus
puros y buenos, que pueden ser educados en los mejores valores, antes de que
caigan en las garras de la civilización.
Pues bien, antes de estas célebres ideas
rousseaunianas, hubo un experimento que hoy calificaríamos de ingeniería
social, en el que un grupo de religiosos jesuitas quisieron fundar un nuevo
Estado perfecto, compuesto de hombres puros, sin maldad, salvajes en sentido
positivo, sin civilizar, esto es, sin corromper. Europa estaba todavía inmersa
en los terribles sufrimientos de la guerra de los Treinta Años (1618-1648). El
único lugar posible donde instaurar un orden nuevo y más acorde con los valores
de paz y justicia era el Nuevo Mundo, América, donde el hombre podía renovarse
y reconducir su existencia, lejos de la sangre y el acero que ahogaban a Europa
por culpa, paradójicamente, de guerras en buena medida justificadas en la
religión.
Los primeros cimientos de la República guaraní se
pusieron hacia el año 1610. Esta aventura tuvo su final hacia 1768, año en el
que Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de todos los territorios
españoles. A partir de entonces otras órdenes religiosas se encargaron de la
administración de las reducciones hasta deshacerlas, quedando hoy sólo la
huella de unas ruinas declaradas Patrimonio de la Humanidad.
Aunque hubo diversos tipos de reducciones jesuíticas,
para facilitar la lectura del texto, nosotros vamos a denominarlas aquí en
conjunto bajo el nombre de República guaraní.
Pues bien, la República guaraní se organizaba en tres
niveles de gobierno. Dependía del rey de España, pero era administrada por la
Compañía de Jesús. Además de con funcionarios españoles, contaba con caciques
guaraníes y otros funcionarios de origen étnico. El rey de España delegaba su
poder en el padre provincial, que era quien ejercía verdaderamente el gobierno
sobre las diferentes comunidades de la república.
Cada reducción o comunidad de la República guaraní
tenía a su vez un padre superior, que rendía cuentas al provincial. Este padre
superior de la comunidad contaba a su vez con la ayuda de dos sacerdotes: el
doctrinero, que se encargaba de velar por los asuntos espirituales de la
comunidad, y el compañero que administraba la esfera temporal. Asimismo, los
jefes de familia dirigían con autonomía la vida de sus hijos y esposas.
Dado el carácter religioso de los gobernantes de esta
república, la vida giraba mayoritariamente alrededor de la esfera espiritual de
la vida. La jornada laboral era de seis horas, con un altísimo nivel de
producción, algo inaudito en la época, y mucho menos en Europa, donde los
campesinos trabajan de sol a sol. De hecho, Moro soñó con una jornada igual en
Utopía.
Cada tarde repicaban las campanas para que los
miembros de la comunidad acudieran a la Iglesia, pues la misa era el acto
comunitario central. La iglesia se encontraba en el centro de la reducción.
Todas las calles desembocaban en la gran plaza donde se encontraba el templo.
En esta misma plaza estaba la escuela, donde recibían formación los guaraníes.
Esta institución era mixta, pues servía también como hogar de los sacerdotes.
Como se aprecia, esta centralidad urbana y social, facilitaba a los gobernantes
religiosos su labor misional de adoctrinamiento religioso y construcción
político-social.
Los jesuitas, además del trazado regular de las
reducciones, aportaron a la vida de los indígenas otras instituciones de tipo
social, como hogares comunales, en los que se acogía a los huérfanos, viudas y
ancianos, o modernos sistemas higiénicos y de agua corriente. Pero sobre todo
fue muy importante el sistema de enseñanza.
Conocían los jesuitas el idioma guaraní y las
tradiciones de este pueblo. Su método fue el de evangelizar conservando. De
este modo, enseñaron el castellano, nociones de lengua y matemáticas a los
indígenas, pero fomentaron la conservación de la lengua y usos culturales
guaraníes. En este sentido, publicaron diccionarios y libros adaptados a la
tipología de los educandos, que salían de sus imprentas, sin necesidad de
recurrir a los libros y las casas de libreros europeos. Esto les daba una
autonomía enorme, pues el mundo cultural que iban fraguando nacía en y para la región
guaraní, lo que daba lugar a una cultura y un cristianismo hispano-guaraní
únicos.
Esta idea de evangelizar conservando el patrimonio y
las costumbres ancestrales del pueblo fue aplicada por los jesuitas en todos
los órdenes, porque además algunas de sus tradiciones parecían casar bastante
bien con la idea de pureza original del indio. Lo importante era que los
indígenas asimilaran de modo natural las novedades introducidas por los
gobernantes jesuitas. Así, por ejemplo, los jesuitas implementaron un sistema
económico basado en el trueque y en la propiedad mixta. En los intercambios
comerciales, por tanto, no se usaba la moneda.
El pueblo guaraní no era nómada, pero su forma de vida
ancestral lo impulsaba a moverse por sus territorios permanentemente en busca
de lo que llamaban la Tierra sin mal, que eran los terrenos
fértiles y de buen clima, donde se asentaban por períodos hasta que, o bien las
condiciones climatológicas, o bien la desecación de los terrenos, los impulsaba
a comenzar una nueva singladura a la búsqueda de una nueva tierra sin mal.
Los jesuitas cambiaron esta costumbre seminómada, para
hacer posible la implantación estable de las reducciones. Para ello, enseñaron
a los guaraníes a hacer que sus tierras fueran siempre tierras sin mal, es decir,
provechosas. Los aborígenes dominaban desde siempre el cultivo de determinados
vegetales, la caza y la pesca. Los jesuitas conservaron estos conocimientos
ancestrales, pero añadieron la especialización de cada reducción en un
determinado producto económico. De este modo, cada comunidad era autónoma, pero
a la vez, a través del trueque, intercambiaba con otras reducciones los bienes
de consumo especializados que ella no producía. Esto dotaba a la República
guaraní de prosperidad y estabilidad, porque el comercio no se basaba en el
enriquecimiento de un grupo sobre otro, sino en el intercambio común de bienes
entre todas las reducciones.
Asimismo, una economía de carácter mixto permitía que,
por una parte, cada jefe de familia administrara su propiedad privada con
independencia. La propiedad privada se denominaba Tierra Familiar. Cada
jefe decidía qué tipo de plantaciones y cosechas eran las más adecuadas para el
sostenimiento de sus familias.
Por otra parte, la propiedad pública fomentaba el trabajo en común de todos los miembros de la reducción, que contribuían a la producción y almacenamiento de bienes básicos. Esta propiedad colectiva pública se dividía en dos: la Tierra del Pueblo, cuyas rentas se dedicaban al pago de tributos reales y para el mantenimiento de las infraestructuras, y la Tierra de Dios, cuyos rendimientos se destinaban a sufragar la iglesia y las instituciones de caridad, como los asilos y cuidados de los más desfavorecidos.
Este sistema económico y social además fue posible
porque el rey prohibió expresamente la servidumbre del pueblo indígena ante los
encomenderos españoles. Esta protección llegó incluso a la exclusión de los
blancos del territorio de la República Guaraní, a excepción de sus gobernantes
jesuitas. Se trataba de proteger la pureza natural de sus pobladores
originales, quienes, con las enseñanzas del Evangelio, se convertirían en el
pueblo de Dios.
Esta autonomía política y económica les permitió
establecer un sistema penal muy avanzado, en el que, por primera vez, se prohibía
la pena de muerte y la cadena perpetua, siendo de diez años el máximo tiempo
que se podía ser condenado: «En las misiones existía también una legislación
penal, que excluía la pena de muerte, con lo que las reducciones probablemente
pasaron a ser la primera sociedad occidental que abolió la pena capital» (Zaj,
147). Los jesuitas adaptaron sus máximas de caridad cristiana al «mismo
carácter primitivo de la sociedad indígena, que todavía conservaba un fuerte
sentido comunitario, [con] medidas que disminuían las oportunidades para la
agresividad, como por ejemplo un estricto horario del día o la prohibición de
la salida nocturna, salvo en casos de absoluta necesidad» (Zaj, 147).
Como decíamos más arriba, esta aventura utópica
terminó paulatinamente a partir de 1768, cuando sus fundadores jesuitas fueron
expulsados de la Monarquía Hispánica, y fueron sustituidos por gobernantes de
otras órdenes religiosas. Estos ya no pudieron mantener el «feliz» aislamiento
en que se encontraban las reducciones respecto de las guerras de intereses
europeas en tierras americanas. No obstante, desde su nacimiento, la República
guaraní estuvo amenazada por diversos intereses, como el esclavismo que el
reino de Portugal llevaba a cabo desde Brasil para surtir a las naciones europeas
que hipócritamente condenaban la trata de esclavos, mientras llenaban de ellos
sus barcos. De aquel episodio utópico hoy sólo quedan como testimonio
imponentes ruinas.
La historiografía se debate entre quienes consideran
aquel proyecto un modelo de etnocentrismo hispano-europeo y quienes defienden
que, a pesar de todo, fue el modelo de sociedad cooperativa más exitoso de la
historia. En lo que a este libro respecta, consideramos que todo modelo utópico
requiere para su implementación de la aplicación de lo que hoy llamaríamos
ingeniería social. Y parece evidente que la aplicación de un modelo social en
mayor o menor medida puede implicar la lesión de la libertad de los pueblos y
de las personas en la construcción de su propio camino. Esto es inevitable, como
decimos, pero toca valorarlo a cada lector.
[Extraído de Breve historia de la
utopía, de Rafael Herrera Guillén, publicado por la editorial Nowtilus
en 2013]


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