En la dictadura de Franco, la forma de
gobernar estaba guiada por un paternalismo social. Y ese paternalismo se unía a
las simplistas representaciones mentales de la autoridad y la religiosidad del
dictador.
Aclarémoslo de una vez por todas: Franco no
era un fascista.
No podía serlo porque Franco era un
clerical y un reaccionario.
El historiador Rafael Esteban lo explica
muy bien:
“El franquismo no puede ser calificado como régimen fascista (si acaso fascistizante en algunos momentos), sino ‘sólo’ dictatorial, autoritario y autocrático, pero siempre personalista. El partido queda al servicio de la persona, del dictador autócrata y autoritario, pero no domina el Estado”.
Lo que fue el franquismo lo argumenta un
gran especialista en la dictadura de Franco, Borja de Riquer, cuando dice:
“En pocas etapas de la historia –ninguna en la época contemporánea– el destino de los españoles había dependido de un régimen tan personal y arbitrario como fue la dictadura del general Franco. Sus obsesiones y su afición de poder marcaron y condicionaron la vida de los españoles durante casi cuatro décadas”.


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