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Mi 'Blanco nocturno' de Piglia

¿Qué leemos cuando leemos una narración donde nada es lo que es y todo es tal cual es?

El escritor argentino Ricardo Piglia, fallecido a comienzos de este año que ahora termina, fabula fabulosamente, nos cuenta un cuento como si de todo lo que sabe quien nos lo cuenta pudiéramos creer que es cierto, certero, inconfundible, y a la vez parcial, una mera faceta de esa realidad incompleta que es siempre la vida. Hablo de su novela de 2010, la espléndida, nocturna y vagamente rural y merecidamente multipremiada Blanco nocturno.

He creído leer en Blanco nocturno una novela sin protagonista, o mejor, una novela en la que el protagonista va perdiendo su categoría de protagonista y va siendo desenfocado para acabar por ser sustituido por el siguiente protagonista hasta que, al acabar de leerla, comprendemos que el verdadero protagonista de la novela es uno de los personajes que en ningún momento ha sido el protagonista de la narración. Curioso juego literario finamente trazado sobre el cual nos deslizamos como lectores abandonados a esa manera turbia de leer limpiamente lo que ocurre en un lugar determinado que es, ese sí, finalmente el auténtico protagonista de la narración: no el lugar donde transcurren los hechos narrados sino el espacio y el tiempo a través del cual Piglia ha pretendido llevarnos para que fuéramos capaces por nosotros mismos de entender cuanto les sucede a los seres humanos que viven dentro de la novela.

Pero, además, yo, ligeramente obsesionado como estoy en la escritura del que quiero que sea mi próximo libro, dedicado a la utilidad de la Historia, he vislumbrado en Blanco nocturno un brillante modo de explicar cómo podemos entender el pasado, por medio de qué elucubraciones somos capaces, todos, no sólo los historiadores, los detectives también, incluso cualquiera de los miembros de la sociedad civil, de indagar en eso que ya nunca más será y que tal vez nunca fue. Todos los siguientes textos son prueba de eso que acabo de decir. Creo:


“Tenía que reconstruir una secuencia; pasar del orden cronológico de los hechos al orden lógico de los acontecimientos. Su memoria era un archivo y los recuerdos ardían como destellos en la noche cerrada. No podía olvidar nada que tuviera que ver con un caso hasta que lo resolvía. Luego todo se borraba pero, mientras, vivía obsesionado con los detalles que entraban y salían de su conciencia. […] Pensaba implacablemente, exasperándose, postergando siempre la deducción final. No hay que tratar de explicar lo que pasó, sólo hay que hacerlo comprensible. Primero tengo que entenderlo yo mismo.
[…]

Era una foto de las cuadreras de Bolívar. Tal vez buscaba datos y confiaba en que una instantánea le permitiera ver lo que no había visto mientras estaba ahí. Nunca vemos lo que vemos, pensó.
[…]
Le gustó cómo contaba esa historia, era evidente que la había contado tantas veces que la había ido puliendo hasta dejarla lisa como un canto rodado. Claro que siempre se podía mejorar una historia, pensó Renzi distraído.
[…]
Comprendió que reconstruir ese día en todos sus detalles iba a llevarle un día entero. O quizá más. Hace falta más tiempo para rememorar que para vivir, pensó.
[…]
Croce parecía haberle encomendado una misión, como si siempre necesitara a alguien para poder pensar claramente. Alguien neutro que se ocupara de ir a la realidad, de juntar datos y pistas, para que luego él pudiera sacar las conclusiones.
[…]
—Todos creen que recuerdan lo que pasó —dijo—; nadie necesita averiguar nada en estos lugares.
[…]
El conocimiento no es el develamiento de una esencia oculta sino un enlace, una relación, un parecido entre objetos visibles. Por eso —y usó nuevamente la primera persona del singular— sólo puedo expresarme con metáforas.
[…]
No es cierto que se pueda restablecer el orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve... No hay ninguna lógica. Luchamos para restablecer las causas y deducir los efectos, pero nunca podemos conocer la red completa de las intrigas... Aislamos datos, nos detenemos en algunas escenas, interrogamos a varios testigos y avanzamos a ciegas. Cuanto más cerca estás del centro, más te enredas en una telaraña que no tiene fin. Las novelas policiales resuelven con elegancia o con brutalidad los crímenes para que los lectores se queden tranquilos.
[…]
La historia sigue, puede seguir, hay varias conjeturas posibles, queda abierta, sólo se interrumpe. La investigación no tiene fin, no puede terminar. Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica. Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos.
[…]
—La muerte es una experiencia aterradora —dijo el ex seminarista— y amenaza con su poder corrosivo la posibilidad de vivir humanamente. Frente a ese peligro existen dos formas de experiencia que protegen del terror a quienes puedan entregarse a ellas. Una es la certidumbre de la verdad, el continuo despertar hacia la comprensión de la «necesidad ineluctable de la verdad», sin la cual no es posible una vida buena. La otra es la ilusión decidida y profunda de que la vida tiene sentido y que el sentido se cifra en el obrar bien.”


Tengo más novelas de Piglia aguardándome. Ya te contaré.

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