La tarde huele al humo ese de esta
guerra que lleva repiqueteando en sus sienes más de doce meses, un año completo
y algunos días de estos ya casi días de agosto con sabor al hierro de la
barandilla del edificio donde vive muerto esperando nada.
No tiene ahora esa sed que le lastima el entendimiento y lo aguijonea con saña hasta quedarse dormido, cerca del sucumbir del vertedero que intuye, cerca de la escombrera que sabe que es la ciudad, su ciudad.
Debe de ser una guerra a juzgar por
lo que escucha algunas de estas tardes que son ahora de fuego y han sido el
preludio anegado de destierro de las noches heladoras durante las cuales ha
aprendido a rezar a dioses que no podría haber imaginado jamás antes. Más
poderosos que ese Dios que le ha llevado hasta aquí.
Ojalá hubiera muerto diez años
antes, la escuchaste decir a esa anciana ante el retrato de tu padre muerto,
esa anciana que es tu madre y que entró en tu lado del cerebro reservado al
odio en ese mismo instante en el que rozaba como al desgaire el rostro juvenil
de quien te llevó a ver una mañana de invierno las fieras del Retiro cuando se
estaban muriendo todas ellas como si se solidarizaran con la gripe que mataba a
medio país. Ojalá hubierais muerto los dos antes de haberos conocido y así no
pudierais jamás haberme engendrado. Engendro del demonio, extranjero del
demonio, egregio discípulo de las almas atolondradas de los adoradores
irredentos del Dios de los leones.
Dicharachero. Piensas un segundo en esa palabra y te quedas temblando como si no haberla pronunciado nunca, que es en lo que caes en la cuenta ahora que la sed es de roca, fuera algo ignominioso, más que estar preso en tu propia casa, como si fueras un topo dijo ella ayer cuando subió a ver si seguías vivo y te dejó la jarra de agua fresca junto a tus pies de cadáver. Dicharachero, algo que tú nunca has sido, y que probablemente no querrías ser si pudieras salir vivo de esta.
Me he dirigido a ti ahora que la noche cae con su estupor de negra soledad absoluta y no lo volveré a hacer porque ahora quisiera retornar a dejarte ahí solitario, pensando tal vez en el que será tu último poema, el de los días contados.
Tener los días contados
o no tener,
no tener nada más que una uña rota
a la que mirar rotunda
en su rotura rotunda,
a la que besar en sangre
para ejecutarnos
y seguir siendo lo que era yo,
lo que era ella y las demás uñas,
esas alpargatas que recuerdo
ajadas en mi ajada memoria
sonora de esparto moribundo,
esas misas al Dios de mi infancia
que ahora mismo
me están matando,
literalmente,
maldito Dios al que amo
como si me fuera la vida en ello,
que me va,
odio todo el manto de tu madre la Virgen
que ahora se derrite sobre mi espalda
y es una lava que yo sé que será costra,
la costra en la que me estoy convirtiendo
mientras mi país se destruye
en volutas de estaño,
ay Cristo purificado,
déjame que al menos te niegue
una sola vez
y pueda sentir así el negro valor
de los valientes:
permíteme Señor odiarme
y rezarle a tus pies desnudos,
despídeme de toda tu Biblia increíble,
haz de mí lo que quieras,
soy tuyo,
así lo quise yo,
así me rindo al otro odio,
al de los buenos que no creen en ti
porque sólo creen en el futuro de redención
del trabajo sin dioses.
Y qué poco tarda un hombre en morir
de pena, sin más herida que la muerte desconocida de los hospitales vacíos.
Descansa en paz, no sé qué más hacer por ti, ahora que ella entra en la casa y
se atufa con el hedor de tu cuerpo vacío del alma que no puedo ver yo, que ella
no puede ver.

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